Adán respondió: La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto y yo lo comí. Entonces Dios el Señor preguntó a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? La serpiente me engañó, y comí (Génesis 3:12, 13).
Adán y Eva perdieron el Edén por su deliberada rebelión a las justas órdenes divinas. Cuando pecaron, la culpa legítima pesaba tanto que, al notar la presencia de Dios en el jardín, huyeron al lugar lo más alejado posible. Dios los buscó, e hizo que percibieran nítidamente la gravedad de la desobediencia. Todo estaba claro para ellos. No tenían como negar ni excusar el pecado.
El mejor remedio para la culpa, en primer lugar. no es el perdón, sino el arrepentimiento. Pero, en lugar de demostrarlo, los seres humanos se apropian de la forma más común hasta hoy de librarse de una culpa: ponerla sobre otro. Adán comenzó a disculparse culpando a Eva e, indirectamente, a Dios, quien la había creado.
Cuando Eva fue interrogada, culpó a la serpiente e, indirectamente, a Dios, quien había creado a la serpiente y la había dejado entrar al Edén. El intento por librarse de la culpa legítima, o El espíritu de autojustificación se originó en el padre de la mentira; lo manifestaron nuestros primeros padres tan pronto como se sometieron a la influencia de Satanás, y se ha visto en todos los hijos e hijas de Adán.
En vez de confesar humildemente sus pecados, tratan de justificarse culpando a otros, a las circunstancias o a Dios; incluso hacen de las bendiciones divinas una ocasión para murmurar contra él (Elena de White, Patriarcas y profetas, págs. 41,42).
La disculpa tiene un foco externo, justificando, según Renata Jubram, su inoperancia (falta de protagonismo) ante la vida profesional, personal, espiritual. Poco a poco esa actitud se propaga, generando desavenencia y desarmonía. Lo que hace que esas personas sean cada vez más infelices (y nuevamente más necesitadas de antidepresivos), a medida que el clima de acusaciones contamina el ambiente, sobreponiéndose al placer del intercambio y de la cooperación.
El hábito común de (dis) culparse quita la concentración necesaria para obtener las soluciones efectivas que los problemas necesitan. Como el culpable nunca es el propio individuo, nunca actuará para corregir su error.
Si hay en tu vida culpas legítimas, reconócelas a Jesús para recibir su perdón, y mantente al alcance de su gracia.
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Tomado de la: Lectura Devocional para Damas 2026
“SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Esther Peláez
