Tomado de la: Lectura Devocional de Adolescentes 2026
“LA VUELTA AL MUNDO EN 365 DÍAS»
Por: Odailson Fonseca
Colaboradores: Matilde Reyes y Adriana Jiménez
DENLES USTEDES DE COMER (LUCAS 9:13).
Vamos a viajar en el tiempo? Hace unos 27 años, yo estudiaba en un colegio rodeado de naranjales y amigos inolvidables. En una ocasión, serví en mi plato más comida de la que debía. Fue entonces cuando el amigo-consejero del grupo me llamó la atención: «Amigo, con tanta gente que pasa hambre en el mundo, ¿vas a tirar todo eso?». Avergonzado, me lo comí todo.
El tiempo pasó y cada uno tomó su propio camino en la vida. Pero hoy quiero recordar aquel buen tirón de orejas.
Sudán es un país del noreste de África lleno de desafíos y carencias. Su capital, Jartum, está justo en el punto donde el río Nilo se divide en Nilo Azul y Nilo Blanco. De todas las grandes ciudades del mundo, es considerada una de las más calurosas del planeta. ¿Sabías que en verano sus termómetros superan los 48 ºC?
Pero el mayor desafío de Sudán es la pobreza. En ese inmenso país, la mayoría de sus 40 millones de habitantes vive en condiciones extremas. Mucha gente pasa hambre, sin mencionar la sequía que afecta gran parte de su territorio. Hace algunos años, estalló una guerra civil en Sudán en la que se mató a tanta gente inocente que la calificaron como un genocidio.
Ahora, ¿quieres saber la mejor noticia que recibí hace unos años? Aquel amigo del colegio se casó, se convirtió en un gran pastor y tuvo tres hijos hermosos. ¿Y qué hizo? Aceptó un llamado de Dios para dejar la comodidad de su país y dedicarse exclusivamente a ayudar a quienes tienen mucho menos. ¿Dónde? En Sudán.
Acabo de hablar con él por teléfono. Su valentía me ha inspirado aún más. Personas como él merecen todos los honores en esta guerra intergaláctica entre el bien y el mal. Sus hijos aventureros han aprendido otra cultura y él incluso ha tomado clases de árabe. Están viviendo la mayor aventura de sus vidas, coleccionando esas historias increíbles que solo los campos misioneros pueden ofrecer.
Todavía recuerdo su consejo frente a aquella mesa llena de comida, y pensar que, en este momento, él está poniendo en práctica de la manera más sublime el don de compartir el amor de Dios con quienes ni siquiera saben que existe. ¿No es increíble?
Vive este día marcando la diferencia. Después de todo, Dios es quien multiplica los panes, pero somos nosotros quienes ayudamos a repartirlos. Mi amigo está dando un gran ejemplo. ¿Y nosotros?
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