El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido (Salmos 34:18).
Jacob había engañado a su padre y a su hermano. Esaú juró que lo mataría. Entonces, Jacob huyó a Harán, donde encontró a la bella Raquel, hija de su tío Labán. Se enamoró de ella, pero no tenía cómo pagar la dote para casarse.
Así que Jacob le propuso a su tío trabajar siete años para pagar la dote. Cuando terminó el plazo, al notar cuán rentable era tener a Jacob como empleado, Labán le dio a su hija mayor, Lea, en lugar de Raquel. Jacob fue decepcionado; pero, como amaba mucho a Raquel, propuso trabajar otros siete años por ella.
Una semana después del casamiento con Lea, tuvo a su Raquel. Comenzaba entonces una vida de rivalidades en la familia de Jacob. Lea lo había engañado, y él no conseguía amarla. Raquel era su preferida. Abatida y despreciada por Jacob, Lea buscó la ayuda divina y tuvo su primer hijo.
Raquel, la preferida y la más bella, percibiendo que era estéril, no buscó a Dios. Confió en sus propias soluciones, consiguiendo un «vientre de alquiler». Su sierva tuvo un hijo. Lea, a su vez, imitó a su hermana, dándole otro hijo a Jacob. Un día, Raquel codició las mandrágoras que Lea había recibido de regalo de su hijo, y decidió cambiarlas por una noche con Jacob. Ella creía que sus frutos la curarían de su esterilidad.
Como resultado de ese cambio egoísta, Lea tuvo otros dos hijos y una hija con Jacob. Quebrantada, Raquel buscó al Señor y él le dio a José. Más tarde, le dio también a Benjamín; pero murió en el parto. La familia había crecido mucho. Pero conocemos las constantes y tristes discordias que marcaron la interacción familiar de Jacob, por celos entre los hijos de cuatro mujeres. Esta historia revela las tristes consecuencias de la poligamia. Pero también muestra que, a pesar de las fallas de Raquel y Lea, Dios usó y sigue usando a mujeres imperfectas para llevar a cabo sus propósitos.
Raquel y Lea edificaron la casa de Israel (Rut 4:11). En el diario vivir, corremos el riesgo de dejar que las presiones de la sociedad nos enreden en competencias, estrés y autosuficiencia, y dejamos a Dios de lado. Pero, si en los momentos de angustia finalmente nos humillamos y escuchamos la voz de Dios, él nos oirá y nos levantará.
Permite que Dios hable a tu corazón, pues, él tiene propósitos para ti!
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Tomado de la: Lectura Devocional para Damas 2026
“SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Esther Peláez
