Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado (Romanos 12: 3)
Hay personas que reaccionan intensamente a los problemas, a los dolores, a la vida y al comportamiento de los demás. Luchan por los derechos de los más débiles y atacan la injusticia social, pero pueden morir sintiéndose culpables porque no hicieron lo suficiente.
¿Conoces a alguien así?
La Biblia nos exhorta a amar al prójimo y a servirlo, pero sin caer en extremos que pueden impedirnos tener paz y ser felices, transformando nuestras relaciones interpersonales en una carga insoportable.
Los expertos en conducta humana afirman que tener baja autoestima o problemas de identidad, entre otras distorsiones, puede llevar a una persona a desarrollar una voluntad obsesiva de ayudar; a experimentar dependencia de personas «peculiares»; a sentir atracción y tolerancia por los raros; a tener necesidad de rodearse de personas enfermas para estar en paz con uno mismo… Para protegernos de estas conductas, debemos tener claro quiénes somos por creación y redención, y cuánto valemos para Dios.
El dilema entre el egoísmo y la negación propia no es exclusivo de las mujeres, pero sí somos más susceptibles que los hombres a caer en extremos. El instinto maternal puede funcionar bien en relación con los hijos, pero, cuando es direccionado a los adultos, puede ser arriesgado, principalmente si aparece ligado al prejuicio de que la mujer es inferior al hombre.
Ahí hay una combinación perfecta para sentirnos mártires de nuestra negación propia por atender a los demás, así como para desarrollar la nociva actitud de olvidarse una de sí misma.
El salmista David enfatizó que hemos sido hechas de manera formidable, y que las obras de Dios son maravillosas. No es el plan divino que seamos mártires de la preocupación por los demás o del cuidado y la ayuda que prestamos a otras personas. Si amar y servir al prójimo nos produce sufrimiento, tal vez algo está mal en nuestras motivaciones. De igual manera, ni la arrogancia ni el narcicismo (vivir solo por y para mí) proceden de Dios.
El versículo de hoy habla de la importancia de que tengamos un concepto equilibrado de nosotras mismas. En el camino hacia la madurez cristiana, uno de los grandes desafíos es encontrar un punto de equilibrio para que no lleguemos a ser mártires de los demás ni a ser narcisistas, que solo pensamos en nosotras mismas.
Debemos hallar el equilibrio correcto entre amar al prójimo y amarnos a nosotras mismas. Por eso, pídele a Dios que te ayude a lograrlo, para que puedas ser como él, con tal autoestima que lo hizo vaciarse de sí mismo por libre y espontánea voluntad, para servirnos por genuino amor.
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Tomado de la: Lectura Devocional para Damas 2026
«SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Esther Peláez
