Los fuertes en la fe debemos apoyar a los débiles, en vez de hacer lo que nos agrada (Romanos 15: 1)
¡Jesús era sorprendente! Es probable que, en su tiempo, se les dijera a los niños: Cuando crezcan, ustedes serán como Pedro, como Juan, o como algún otro de los discípulos, pero lo que hizo Jesús fue decirles a los discípulos: Sean como los niños. ¿Por qué este consejo?
Porque Jesús sabía que ellos estaban preocupados por cosas sin importancia, como la posición que ocuparían en el reino; sabía que los discípulos no cultivaban la humildad y la dependencia de Dios, que son indispensables para aquellos que realmente desean ser como Jesús. Necesitaba hacerles comprender que el deseo de supremacía está motivado por el mismo espíritu que dio origen al gran conflicto y que llevó al rey del universo a la cruz. Los discípulos necesitaban ser humildes y dependientes del Padre, así como lo son los niños.
Es el enemigo el que promueve la idea de que el que gana, el que tiene más éxito, es el que se siente superior a los demás, el que usa a los otros como escalones sobre los cuales pisar para ascender. Si Jesús no hubiera advertido a sus discípulos respecto a este punto, hubiera sido un fracaso el trabajo que harían después de que él regresara al cielo, a pesar de todo el conocimiento adquirido gracias a la privilegiada convivencia con él. Más que ser instruidos sobre el reino, los discípulos necesitaban un corazón que armonizara con los principios del reino.
Jesús debe de haberlos decepcionado cuando les hizo entender que no estaban por encima de los demás, sino que necesitaban adoptar una posición de humildad, como los niños que juegan ignorando las diferencias sociales, ideológicas o religiosas.
Hoy en día, hay mujeres que compiten entre sí, con su esposo, con sus hijos, con miembros de iglesia, con compañeros de trabajo, con vecinos…; pelean, causan problemas, y todo porque se consideran a sí mismas mejores que los demás. La siguiente cita de Elena G. de White nos ayuda a poner las cosas en la perspectiva correcta: Todo lo que nos da ventaja sobre otro sea la educación o el refinamiento, la nobleza de carácter, la preparación cristiana o la experiencia religiosa nos impone una deuda para con los menos favorecidos; y debemos servirlos en cuanto esté en nuestro poder. Si somos fuertes, debemos corroborar las manos de los débiles (El Deseado de todas las gentes, cap. 48, pág. 415).
Si hemos recibido determinados privilegios, es Dios quien nos los ha concedido, no para que nos consideremos mejores que los demás, sino responsables por ellos. Honra a Dios, sé humilde y usa todas tus habilidades para ser útil a tus semejantes.
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Tomado de la: Lectura Devocional para Damas 2026
«SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Esther Peláez
