“No rechaces, hijo mío, la corrección del Señor. Ni te disgustes por sus represiones: porque el Señor corrige a quien el ama, como un padre corrige a su hijo favorito” Proverbios 3:11-12.
La niñez está repleta de momentos memorables, pero eso no significa que vayas a recordarlos todos cuando seas anciano. Por ejemplo, si tus padres te organizaron una fiesta cuando eras niño, puede que ahora mismo no guardes ningún recuerdo de ella. Si te llevaron a comer al campo, es posible que tampoco lo recuerdes. Sin embargo, si te pegaron un azote, y si te pareces a mí, probablemente sí te acuerdes.
La mayoría de recuerdos que tengo de mi niñez sin duda son buenos, pero uno de los que forman parte de los diez grandes recuerdos de mi vida no es precisamente bueno, y tiene que ver con lo que yo llamo el día del cinturón.
El día del cinturón empezó como cualquier otro. Mis dos hermanas y yo estábamos jugando y armando escándalo. Estoy segura de que parecía que estábamos muy felices, pero es posible que en realidad estuviéramos discutiendo y peleándonos. No recuerdo con claridad los detalles, así que no nos detengamos en eso. En algún punto del día del cinturón, desobedecimos a nuestro padre y seguramente ya sepas por dónde van los tiros, pero en caso de que no, te diré que papá sacó rápidamente el cinturón de las trabillas de su pantalón dispuesto a atizar con él a tres niñas desobedientes.
Cuando se abalanzó contra nosotras, nosotras nos dispersamos. Divide y vencerás, ¿no? Pues no. Corrí hacia la habitación de mi hermana con un plan maestro en mente: esconderme debajo de la cama. Sin embargo, el plan se vino abajo cuando llegué allí y vi que la estructura de madera de la cama llegaba hasta el suelo. No había espacio alguno bajo la cama, y no tenía plan B. ¡Qué dolor!
Seguro que puedes hacerte una idea de cómo terminó el día del cinturón, pero déjame decirte que aquel día aprendimos una lección, y aún la recordamos. La disciplina nunca es agradable. Parece algo terrible pero la Biblia dice que es una forma de amor. De hecho, dice que la persona que recibe disciplina es afortunada y bendecida. El Salmo 94: 12 dice: «Oh Señor, feliz aquel a quien corriges y le das tus enseñanzas».
Cuando sientas que el Señor te está disciplinando, recuerda que lo hace porque te ama, no porque quiera hacerte daño.
Ponlo en práctica: ¿Hay algo que Dios o tus padres quieran enseñarte en este momento? Si es así, ¿qué tienes que hacer para cooperar con ellos?
Ponlo en oración: Da gracias a Dios por amarte lo suficiente para disciplinarte y corregirte.
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Tomado De: Lecturas Devocionales Para Adolescentes 2018.
“¿Y Entonces…?”
Por: Heather Quintana
