«El corazón del entendido adquiere sabiduría, y el oído de los sabios busca la ciencia». Proverbios 18:15
Sócrates nació en el año 470 a. C., en las llanuras del monte Licabeto, cerca de Atenas, capital de Grecia. Desde pequeño siempre buscó saber el porqué de las cosas. Nunca imaginó que llegaría a ser uno de los más grandes —si no el mayor— filósofos de todos los tiempos. Siguió un camino similar al de su madre, que era partera; su vocación se convirtió en dar a luz ideas.
Sócrates era curioso y quería descubrir cómo funcionaba el mundo. Su pasatiempo preferido era quedarse en el ágora, la plaza central de la ciudad, desvelando los secretos de la vida. Fue un verdadero maestro de la filosofía. Entre sus alumnos estuvieron Platón y Critias, tío de Platón.
Para nosotros, Sócrates fue un gran filósofo, pero para la mayoría de las personas de su época fue un gran perturbador. ¿La razón? Las innumerables preguntas que hacía. La gente se irritaba porque «perdía» su tiempo respondiéndolas.
A causa de acusaciones infundadas, Sócrates fue condenado a muerte. Lo llevaron al tribunal y permaneció preso hasta el día de su ejecución. Muchos de sus alumnos intentaron ayudarlo a escapar, pero él respondió:
«Si huyera, sería motivo de vergüenza para mí mismo y para mi familia. No puedo responder al mal con mal».
Finalmente llegó el fatídico día en que sería envenenado. Bebió un poco de cicuta y comenzó a caminar de un lado a otro. Cuando vio que ya no podía hacerlo, pronunció sus últimas palabras. Luego se acostó con la conciencia tranquila de haber hecho lo mejor que pudo, y murió.
La historia de Sócrates nos enseña que debemos tener sed de conocimiento, sobre todo de las cosas de Dios. Y no solo eso; también debemos compartir con los demás lo que sabemos, especialmente el evangelio.
¿Tienes curiosidad por conocer más acerca de los misterios del universo y de Aquel que lo creó?
En lugar de vivir superficialmente, ¡profundiza, ve más allá! Dios promete:
«Clama a mí, y te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces» (Jeremías 33:3).
«DIFERENTE»
POR: MILTON ANDRADE
Colaboradores: Isaí Cedano y Karla González
Para Más Meditaciones Visita:
www.meditacionesdiarias.com
