«Alégrense conmigo; ya encontré la moneda que se me había perdido». Lucas 15:9, NVI
La sensación de estar perdido es una de las peores que existen, pero aún más dramático es cuando la persona no reconoce esa condición. Esto fue lo que le sucedió al concejal Otávio Rocha, quien estuvo perdido aproximadamente un mes en la ciudad de Bauru, en Brasil. Durmió debajo de la marquesina de una antigua estación ferroviaria y, durante ese tiempo, sobrevivió gracias a las donaciones de los residentes de la zona.
El rescate ocurrió cuando el dueño de un bar tomó el celular de Otávio y lo puso a cargar. Cuando el aparato volvió a funcionar, no dejó de sonar. Intrigado, el dueño del bar contestó una de las llamadas e informó que Otávio estaba bien. Rápidamente, algunos familiares supieron de la noticia y fueron a buscarlo.
Una vez recuperado del trauma, recordó que había salido de su casa y que, en Bauru, había sido asaltado a la salida de un club de bingo, después de haber ganado cierta cantidad de dinero. Los ladrones lo golpearon en la cabeza y lo dejaron inconsciente. Gracias a la ayuda de los empleados del bar, Otávio pudo regresar a su hogar.
La parábola de la moneda perdida ilustra la condición del pecador que está perdido, pero desconoce esa realidad (Lucas 15:8-10). A diferencia de la oveja perdida y del hijo pródigo, que saben que están perdidos, la moneda no reconoce su situación. Necesita desesperadamente una acción externa: alguien que inicie un proceso de rescate.
Además, la parábola dice que la moneda estaba perdida dentro de la casa. Este detalle indica que hay personas perdidas en la «casa del Padre». Un día estuvieron dentro de la «alcancía» del Señor, pero, por alguna razón, rodaron hacia algún rincón de la casa. En cierto sentido, son personas que aún están cerca, a pocos pasos, pero lamentablemente están frías, «empolvadas» e inactivas.
La parte más hermosa de la historia es que el propio Señor, representado en la parábola por una mujer diligente, enciende una lámpara, barre la casa y no se detiene hasta encontrar la moneda perdida. Esa pequeña moneda es tan valiosa para Dios que está dispuesto a emplear todo su tiempo y esfuerzo para encontrarla.
¿Te consideras una moneda perdida? Jesús te está buscando con diligencia. Él quiere encontrarte ahora mismo. Y, cuando eso suceda, habrá una gran fiesta en el cielo.
«DIFERENTE»
POR: MILTON ANDRADE
Colaboradores: Isaí Cedano y Karla González
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