«Para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti. Que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste». Juan 17:21
Se cuenta la historia de un rey que quería conquistar dos ciudades. Una tenía ochenta mil habitantes y la otra, cuarenta mil. El rey llamó a su sabio consejero y le preguntó: «¿Cuántos soldados debo enviar para destruir cada una de las ciudades?». El sabio respondió: «No puedo darle una respuesta ahora. Necesito un plazo de quince días. Solo entonces tendré la respuesta».
El rey no tuvo más opción que esperar.
Pasados los quince días, el sabio se presentó nuevamente ante el rey y le dijo: «Mi rey, para la ciudad de ochenta mil habitantes debe enviar veinte mil soldados. Para la ciudad de cuarenta mil habitantes, debe enviar sesenta mil soldados».
El rey se sorprendió. «¿Cómo puede ser?», preguntó. «¿Debo enviar el triple de soldados para combatir una ciudad más pequeña?».
El sabio sonrió ligeramente y replicó: «Confíe en mí, majestad. Lo entenderá después».
El ejército fue enviado y no pasó mucho tiempo para que la ciudad de ochenta mil habitantes fuera conquistada. La victoria fue rápida y con pocas bajas. Luego, el rey envió las tropas a la ciudad de cuarenta mil habitantes. Esta fue la batalla más sangrienta del reino. Muchos soldados murieron y, por poco, el ejército no perdió la guerra.
Después de regresar a su hogar, el rey finalmente llamó al sabio y le dijo: «Necesito que me expliques lo que sucedió».
El sabio miró al soberano y le respondió: «¿Recuerda que pedí quince días de plazo? Durante ese tiempo visité las dos ciudades y pasé una semana en cada lugar. En la ciudad de ochenta mil habitantes, noté que la gente era desunida y las familias, disgregadas. Pensé que esa ciudad sería fácil de conquistar. Sin embargo, en la ciudad más pequeña observé que la gente era unida, y las autoridades, ordenadas y leales. Vi lo difícil que sería conquistarla. Entonces, sugerí que lleváramos el triple de soldados».
El rey quedó extremadamente feliz y honró al sabio con muchos regalos. Comprendió que hay fuerza y seguridad en la unión.
En sus palabras de despedida, Jesús invitó a sus discípulos a estar unidos con Dios y entre ellos. Esta fue la estrategia divina para conmover al mundo con el evangelio.
La pregunta que nos queda hoy es la siguiente: ¿estamos unidos en el mismo amor y en el mismo ideal?
«DIFERENTE»
POR: MILTON ANDRADE
Colaboradores: Isaí Cedano y Karla González
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