«DIFERENTE»
POR: MILTON ANDRADE
Colaboradores: Isaí Cedano y Karla González
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«El Señor no mira lo que el hombre mira. El hombre mira lo que está ante sus ojos, pero el Señor mira el corazón». 1 Samuel 16:7
Mary Ann nació en una familia humilde y, desde temprana edad, tuvo que trabajar para aportar a la economía del hogar. En su juventud, trabajó como enfermera. En esa época, Mary era una chica hermosa y atractiva que soñaba con tener una familia. Sus sueños se hicieron realidad a sus 29 años, cuando se casó con Thomas Bevan, con quien tuvo cuatro hijos. Ambos permanecieron juntos durante once años, hasta la prematura muerte de Thomas.
Años después, Mary comenzó a tener problemas de salud: migrañas, y dolores en los músculos y en las articulaciones. Nadie sabía lo que tenía, hasta que los síntomas de su enfermedad se hicieron cada vez más evidentes. El cráneo se alargó, los huesos faciales se volvieron prominentes y los rasgos femeninos comenzaron a desaparecer. En poco tiempo, Mary perdió completamente su belleza.
El diagnóstico fue acromegalia, un síndrome asociado con la producción excesiva de la hormona del crecimiento. El resultado es el aumento del tamaño de los huesos, los órganos internos, los tejidos blandos, y dolores de cabeza. A principios del siglo XX, Mary Ann no tenía ninguna posibilidad de recuperación.
Día tras día, todos notaban cómo su belleza se desvanecía. Debido a su apariencia, le resultaba difícil conseguir trabajo. Todos se burlaban de ella o la miraban con desdén. ¿Cómo cuidaría de sus cuatro hijos?
En esa época, surgió un concurso en Inglaterra para descubrir quién era la mujer más fea. Al saber que el premio sería una buena cantidad de dinero, Mary se inscribió. Puedes imaginar lo que ocurrió: ella ganó el concurso.
La vida de Mary dio un giro completo. Fue contratada por un circo para formar parte de una exposición de «personas exóticas», como si ella fuera una especie de monstruo. A lo largo de sus 59 años de vida, aunque ganó mucho dinero exhibiendo su deformidad, fue objeto de burlas, todo por el bien de sus hijos.
Cuando leí esta historia, reflexioné sobre la belleza interior de Mary Ann, algo digno de notar. Ella usó su propia enfermedad para mantener a su familia. Para el Señor, esa belleza del corazón es la única que realmente importa. ¿Qué tipo de belleza valoras tú?
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