«DIFERENTE»
POR: MILTON ANDRADE
Colaboradores: Isaí Cedano y Karla González
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«El Señor es mi fortaleza y mi canción, y ha sido mi salvación». Éxodo 15:2
Después de que Israel pasó largas décadas de esclavitud en manos de los egipcios, Dios levantó a Moisés como libertador de su pueblo. Junto a su hermano Aarón, Moisés realizó grandes prodigios y apeló al faraón para que dejara ir al pueblo. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, el corazón del líder egipcio se endurecía cada vez más. La estrategia divina fue, entonces, enviar diez plagas como agentes de liberación.
Cada una de las plagas de Egipto fue una confrontación del Dios verdadero con las divinidades paganas. Al transformar el agua en sangre, por ejemplo, el Señor desafió al dios del Nilo, llamado Hapi, y demostró que este no era más que una divinidad menor y derrotada. La quinta plaga, por su parte, referente a la peste de los animales, demostró que Jehová era más poderoso que los dioses egipcios identificados con toros, vacas, carneros y otros animales.
En esa batalla de reinos y poderes, Dios separó a su pueblo colocándole una señal, la sangre del cordero, que los protegió a los israelitas de ser destruidos en la noche de la Pascua. Tras la muerte de los primogénitos, Dios liberó al pueblo de Israel «con mano fuerte y brazo extendido» (Sal. 136:12) y lo condujo al desierto para que lo adorara. Era el plan del Señor que, después de un tiempo de peregrinación, Israel llegara a la Tierra Prometida.
De la misma manera en la que Israel fue protegido por la señal de la sangre en los dinteles de las puertas (Éxo. 12:13), el pueblo de Dios al final de los tiempos será protegido por un sello especial del Cielo que los ángeles pondrán en la frente de los escogidos (Apoc. 7:3; 14:1). Y, así como Israel cruzó el mar Rojo y entonó el cántico de Moisés, los salvos también cantarán el himno de la victoria cuando lleguen a la Canaán celestial.
Al hacer este paralelo, Apocalipsis presenta un detalle invertido. En los primeros versos del capítulo 15, Juan describe la visión del mar de vidrio, en la cual los vencedores entonan el cántico de Moisés y el cántico del Cordero antes de la descripción de las siete plagas. Nota que el elemento positivo de la redención precede al elemento negativo de la sentencia. Tal vez la intención era justamente cantar victoria antes del fin de la batalla.
Cuando Jesús, nuestra salvación, nos libera, podemos entonar el cántico de la victoria, porque ya es segura. Él garantizó que seremos «más que vencedores» (Rom. 8:37).
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