«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame». Lucas 9:23
Seguir a Jesús es una decisión radical, una práctica diaria que implica la muerte del ego. Para que haya vida espiritual, es necesario morir a uno mismo, es decir, abandonar los dioses falsos, destituir los amores sutiles del corazón y desalojar al «yo» del trono de la vida. Quien debe tener primacía en la vida del creyente es Cristo, no los gustos personales.
La cruz de Cristo no solo puso fin a la vida de Jesús antes de la resurrección; también pone un punto final a la vida de nuestro «viejo hombre» (o «vieja mujer»). Y el mismo Dios que levantó a Cristo de entre los muertos también levanta al creyente para una nueva vida. ¡Pero no sin la cruz! Si aceptamos a Jesús como nuestro Salvador, no tendremos otra alternativa: o huimos de la cruz o morimos en ella.
Antes de que el Carpintero fuera elevado en el madero, habló abiertamente sobre su sufrimiento (Mar. 10:33,34), pero los discípulos no comprendieron el mensaje de Jesús, pues esperaban un Mesías de glorias y honores humanos. Santiago y Juan incluso intentaron asegurarse los puestos de honor a su lado.
Pero pensemos un poco desde la perspectiva de los discípulos: identificar al Mesías con una cruz era algo completamente impensable. Después de todo, era un instrumento tan humillante e inhumano que su simple mención era considerada grosera e inapropiada. Nadie colgaría una cruz alrededor de su cuello como adorno, así como nadie usaría hoy una horca o una silla eléctrica como colgante. ¡Vivir alabando a Jesús con una cruz era una burla total!
Sin embargo, Cristo enseñó que el camino al cielo pasa por la cruz. El Hijo del Hombre debía ser levantado (Juan 3:14). De la misma manera, Jesús nos invita hoy a aceptar su propuesta y cargar nuestra cruz. Esta no representa una vida espiritual aburrida, de liturgias y prácticas espirituales agotadoras. ¡Nada de eso! Cargar la cruz significa recorrer el camino estrecho de la abnegación, la humildad y el amor. Significa dejar a Jesús en el trono y al yo en la cruz. ¿Aceptas este privilegio? ¿Qué puedes hacer hoy para que Cristo reine plenamente en tu vida?
«DIFERENTE»
POR: MILTON ANDRADE
Colaboradores: Isaí Cedano y Karla González
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