Lee el texto de esta semana: 1 Samuel 1
Confiar en Dios a través de la oración
¿Cómo es tu vida de oración? ¿Con qué frecuencia oras? ¿Con qué fervor? ¿Con qué expectación? Tus oraciones, ¿siempre son para pedir algo, o también alabas a Dios en ellas? ¿Oras por la mañana antes de desayunar y tal vez aquí y allá a lo largo de tu ajetreado día? A lo mejor formas parte de un grupo de oración o incluso has experimentado lo que es orar las veinticuatro horas del día. ¿Has experimentado ese poder y esa presencia de Dios a través de la oración que lo cambian todo en tu vida?
La oración es la conexión entre nosotros (las ramas) y Jesús (la vid). «Si queremos crecer y fructificar, tenemos que absorber continuamente la savia y nutrición de la viviente Vid, porque separados de ella no tenemos fuerza» (Elena G. de White, Primeros escritos, cap. 17, p. 104). Esta es la bendición de la oración constante. Dios nos escucha y siempre responde, en su momento y a su manera perfecta, aunque no siempre de la forma que esperamos. Cuando Dios no responde nuestras oraciones según nuestros planes o plazos nos sentimos tentados a desanimarnos. Cuando nos parece que tarda en respondernos, o cuando nos decepcionamos, en lugar de perder la confianza en Dios debemos aprovechar la oportunidad para fortalecer nuestra fe y aprender a confiar en él más profundamente.
Quizás llevas mucho tiempo orando por algo (tal vez incluso años) y sientes que Dios no escucha tus oraciones en absoluto. La Biblia nos dice: «Pidan, y Dios les dará» (Mateo 7: 7), «si le pedimos algo conforme a su voluntad» (1 Juan 5: 14). Dios puede conceder nuestras peticiones de inmediato; puede retrasar su respuesta hasta el momento adecuado; puede responder la petición de una manera inesperada que no reconocemos de inmediato; y también puede optar por no darnos lo que pedimos, porque sabe que no es lo mejor para nosotros. Las oraciones aparentemente sin respuesta nos desafían a someternos a Dios y a confiar en él.
La Biblia está llena de historias de personas que se aferraron a Dios durante largos periodos de oración y espera. Muchos tuvieron que renunciar por completo a sus deseos cuando la voluntad de Dios difería de lo que pedían. Por ejemplo, David renunció a sus ambiciones cuando Dios rechazó su petición de construir el templo (ver 1 Crónicas 17); Jesús se sometió a beber la copa amarga a pesar de haber orado tres veces para evitarla (ver Mateo 26: 39-44); y Pablo aceptó su enfermedad después de orar tres veces para ser sanado (ver 2 Corintios 12: 7-10). Los personajes de la Biblia a veces sentían que Dios estaba lejos y que sus oraciones no eran escuchadas (ver Salmo 22: 1-2). Incluso los hombres y mujeres más fieles a Dios han visto su fe severamente puesta a prueba cuando Dios les dijo que no o les pidió que esperaran.
Muchas personas piensan que la oración es una transacción en la que le damos a Dios nuestros planes y peticiones y esperamos que él nos dé lo que queremos. Comprender más profundamente la oración es verla como un momento en el que le entregamos nuestra voluntad a Dios y aceptamos sus planes para nosotros. La historia de Ana es una historia de decepción, tardanza y tristeza. Ella soportó años de cuestionamientos y espera. Sin embargo, sus amargas experiencias la acercaron a Dios a través de la oración. Sus circunstancias desfavorables le enseñaron a depender de Dios de maneras que muchas personas nunca aprenden. Su historia nos recuerda que, si estamos dispuestos a cooperar con Dios, él utilizará los mayores desafíos que enfrentamos como catalizadores para nuestro crecimiento y desarrollo espiritual.
Al examinar más de cerca la historia de Ana esta semana, nos sentiremos inspirados a cultivar una vida de oración más profunda y a perseverar cuando nos enfrentemos a circunstancias difíciles.
Escribe de tu versión preferida de la Biblia 1 Samuel 1: 8-11 y haz un bosquejo de todo el capítulo. ¿Cómo podrías describir la experiencia de Ana?
2do trimestre 2026 «UNA RELACIÓN MÁS ÍNTIMA CON DIOS»
Lección # 07 «LA PRÁCTICA DE LA ORACIÓN»
Colaboradores: Jassiel Taveras de la Rosa y Adriana Jiménez
