Problemas con lo más elemental
Los escribas y los fariseos no eran los únicos que tenían problemas de actitud. Los propios discípulos de Cristo tenían un problema de orgullo y de ambición egoísta. Aunque llevaban años junto al humilde Jesús, seguían clamando por la supremacía.
Imagina que eres uno de los discípulos de Cristo. Viajas con él, comes con él, duermes cerca de él y aprendes de él mientras transforma innumerables vidas, incluida la tuya. Las multitudes se agolpan a su alrededor y te das cuenta de lo especial que es que te haya elegido para ser uno de los doce más cercanos a él. Entonces empiezas a preguntarte: ¿quién es el más grande entre los discípulos?
Los sentimientos de celos entre los discípulos se intensificaron hacia el final del ministerio de Jesús. Aunque intentaban ocultarlo, no podían mantener en secreto su rivalidad. Para su disgusto, Jesús los confrontó por aquellas disputas. Algo tenía que cambiar en el corazón de ellos para que pudieran cumplir la misión que Jesús les había encomendado (ver Lucas 22: 24-27). Poco antes de la muerte de Cristo, los discípulos seguían teniendo problemas con las cuestiones más elementales. Cada uno quería demostrar que era mejor que los demás. Uno podría pensar que, después de tanto tiempo cerca de Jesús, lo último sobre lo que discutirían sería sobre quién era el más grande. Pero no fue así.
En lugar de estar contentos con su llamamiento, se apoderó de su corazón un orgullo tal que cada uno se creía mejor que los demás. Es fácil permitir que tales pensamientos dominen la mente, pero se nos dice que «no hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el alma humana, como el orgullo y la suficiencia propia. De todos los pecados es el más pernicioso, el más incurable» (Palabras de vida del gran Maestro, cap. 13, p. 122). Esto es muy serio. El orgullo ofende a Dios más que cualquier otra cosa, y es un rasgo de carácter difícil de superar porque a menudo no lo vemos como lo que es. En nuestro estado de autosuficiencia, elegimos no autoevaluarnos, porque no vemos la necesidad de hacerlo. Necesitamos detenernos, auto diagnosticarnos y pedirle a Dios que nos abra los ojos a nuestro verdadero estado, porque tal vez el orgullo sea el factor número uno que nos impide tener una relación estrecha con él en este momento. Incluso si llevamos años sirviendo a Dios día y noche, tal vez, como los discípulos, todavía tenemos problemas con lo más elemental. El orgullo es una tentación para todos; nadie está exento.
Solo Dios puede hacer la obra de eliminar el orgullo y el egoísmo de tu alma. Haz una pausa y eleva esta oración: «Señor, toma mi corazón; porque yo no puedo dártelo. Es tuyo, mantenlo puro, porque yo no puedo guardarlo por ti. Sálvame a pesar de mi yo, mi yo débil y que no se parece a Cristo. Modélame, fórmame, elévame a una atmósfera pura y santa, donde la rica corriente de tu amor pueda fluir por mi alma» (Ibid., p. 127).
2do trimestre 2026 «UNA RELACIÓN MÁS ÍNTIMA CON DIOS»
Lección # 03 «ORGULLO VERSUS HUMILDAD»
Colaboradores: Jassiel Taveras de la Rosa y Adriana Jiménez
