inTerioriza
Dos hombres van a la iglesia a orar. Uno, un primer anciano respetado, se pone de pie antes de que comience el culto, en la parte delantera de la iglesia, para que todos puedan verlo. Ora en voz alta para dar gracias a Dios por su bondad. El otro, un marginado de la sociedad, se coloca en la parte de atrás de la iglesia. Sus ojos están nublados por las lágrimas debido al peso del pecado que carga sobre los hombros. Se arrodilla y susurra con desesperación: «¡Por favor, Señor, ten piedad de mí, que soy un pecador!».
Nos resulta muy fácil auto exaltarnos. A veces se nos vuelve natural hacer saber a los demás nuestros logros y lo buenos que somos. No obstante, en sí mismas, estas cosas no influyen en nuestra reputación a los ojos del cielo. De hecho, la base de nuestra reputación en el cielo es completamente contraria a lo que podríamos pensar, porque todo el que «se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido» (Lucas 18: 14).
El fariseo arrogante, al igual que el primer anciano de la ilustración anterior, se jactaba de su supuesta rectitud y despreciaba a las personas cuya devoción religiosa parecía ser inferior a la suya. Sentía que merecía las bendiciones del cielo. Debido a sus muchas buenas obras, sentía que su salvación estaba asegurada. Pensaba que la gente debía admirar lo religioso que era. Era como otros escribas de su época, a los que les gustaba andar con ropas largas, y querían que los saludaran con todo respeto en las plazas. Buscaban los asientos de honor en las sinagogas y los mejores lugares en las comidas (Lucas 20: 46). Por el contrario, el recaudador de impuestos (el marginado de nuestra historia) reconocía su condición pecaminosa y sabía que no merecía ninguna bendición del cielo. Confiaba en la misericordia de Dios. No podía haber un mayor contraste entre la forma en que estos dos hombres se veían a sí mismos.
En esta historia, Jesús presenta un reino al revés, es decir, contrario a lo que esperaríamos. El hombre que se cree salvado está perdido; el hombre que admite su indignidad está salvado. «Cristo puede salvar únicamente al que reconoce que es pecador» (Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, cap. 13, p. 125). Cuando nos damos cuenta de nuestro verdadero estado de pecaminosidad y de nuestra desesperada necesidad de Cristo, podemos acudir a él con la confianza de que, «si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios, que es justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad» (1 Juan 1: 9). Cuanto más nos acercamos a Cristo, más nos damos cuenta de nuestra pecaminosidad e indignidad. «Hay una sola forma en que podemos obtener un verdadero conocimiento del yo. Debemos contemplar a Cristo. La ignorancia de su vida y su carácter induce a los mortales a exaltarse en su propia justicia» (Ibid., p. 126).
Entonces, ¿qué piensa Dios de los orgullosos? 1 Pedro 5: 5 nos dice que «Dios se opone a los orgullosos, pero ayuda con su bondad a los humildes». No puede estar más claro.
¿Cuándo fue la última vez que experimentaste la gracia de Dios? (De hecho, deberíamos experimentarla a diario). También debemos mostrar gracia a los demás. Dedica ahora mismo un tiempo a la oración. Pídele a Dios que te humille bajo su poderosa mano, para que solo él te exalte a su debido tiempo.
2do trimestre 2026 «UNA RELACIÓN MÁS ÍNTIMA CON DIOS»
Lección # 03 «ORGULLO VERSUS HUMILDAD»
Colaboradores: Jassiel Taveras de la Rosa y Adriana Jiménez
