Preocupémonos los unos por los otros, a fin de estimularnos al amor y a las buenas obras (Hebreos 10: 24).
Viajando por el desierto de Sonora, una región que abarca parte de México y de Estados Unidos, es posible ver muchos saguaros. Los saguaros son hermosos cactus gigantes en forma de columna que desarrollan ramas llamadas brazos. Esto los asemeja a un candelabro.
Los saguaros pueden alcanzar 15 metros de altura y 6 toneladas de peso. En los primeros ocho años, crecen apenas de unos 20 a unos 25 centímetros, y pueden durar en promedio doscientos años. Son considerados adultos después de los ciento treinta años, y solo a partir de los setenta les comienzan a nacer los brazos. Sus espinas son cortas y duras, pero esta especie de cactus produce grandes y bellas flores blancas que se abren por la noche.
El crecimiento de los saguaros en el desierto es posible bajo condiciones especiales de protección y suelo. Mientras se desarrollan en los primeros años, hay a su alrededor plantas que se llaman facilitadoras, que los protegen de las inclemencias del tiempo (altas temperaturas diurnas y heladas nocturnas), pues promueven temperaturas idóneas para este cactus. Una de esas plantas es el palo verde, que, además de producir un microclima debajo de sus ramas, propicia buenas condiciones de fertilidad al suelo. Siendo que es de crecimiento lento, inicialmente el saguaro no perjudica a las plantas facilitadoras; pero, al ser más grande, puede absorber todos los nutrientes y el agua del suelo, debilitándolas.
Nosotras también tenemos la gran misión de ser facilitadoras de las personas que nos rodean. Cumplimos nuestra misión cuando nuestra presencia marca la diferencia en la vida de los demás propiciando su crecimiento y protegiéndolos de las inclemencias del entorno por medio de palabras consoladoras y motivadoras. Pero podemos correr el riesgo de debilitarnos y secarnos como los palos verdes si, bajo nuestra sombra, existen muchos saguaros extrayendo nuestras reservas emocionales sin que nosotras tengamos una fuente en la que reabastecernos.
Solo podemos ser facilitadoras del crecimiento de otras personas si tenemos una experiencia diaria con alguien mayor que nosotras mismas. Si somos reabastecidas constantemente en la Fuente de vida, cumpliremos nuestra misión sin sentirnos exhaustas.
Procura ser como el palo verde: marca la diferencia en este mundo árido. Pero no olvides acudir cada día a la Fuente de vida, sin la cual no podemos ser buenas «facilitadoras» del crecimiento espiritual y emocional de otros.
