«Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí el Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios». Hechos 20: 24

Gente, mucha gente. Un grupo interminable de atletas, que dejaban sus puestos de partida como si se tratara del éxodo judío. Miles, vestidos de todos los colores: rojo, azul, amarillo, violeta, en fin. En la mirada, un denominador común: la meta. Se estaba dando inicio al Maratón de San Silvestre, en la República del Brasil.
Entre los miles de atletas, profesionales y aficionados que participaban, se encontraba un hombre de sesenta años, Con sus cabellos emblanquecidos por el tiempo, sus arrugas prominentes y la mirada de león hambriento, parecía una fiera vieja, observando a las gacelas que jamás alcanzaría.
Ricardo Fonseca pasará a la historia, no como el campeón de resistencia en la carrera de quince kilómetros por las calles del centro de San Pablo, sino como el campeón de insistencia y de perseverancia. Llegó en último lugar, cuatro horas después del triunfador. Pero llegó, arrastrando los pies, extenuado, sin importarle el tiempo ni la posición de su llegada. Su única preocupación, dijo al final, era llegar, completar la carrera. «Nunca he dejado nada a mitad de camino», dijo son riendo. «Aprendí, de niño, que no existe peor derrota que la carrera que no se termina».
Daba la impresión de estar repitiendo el versículo de hoy, en otra versión. Cientos de años atrás, Pablo había expresado que lo único que le interesaba, aun arriesgando su vida, era «terminar la carrera».
Hay mucha gente fracasada porque empieza un trabajo y no lo termina. Se desaniman. Calculan que no llegarán primero, y abandonan la carrera. Su sendero está saturado de maravillosas disculpas. De tanto inventarlas, pasan a creer que son verdaderas. Campeones de las excusas. Jamás llegan; ni siquiera en último lugar. Simplemente, no llegan.
Haz de este un día de llegada. Termina lo que empezaste. No abandones la carrera; ve hasta el fin, Di, corno Pablo: «Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, Y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios».
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TOMADO DE:
Matinal Para Toda La Familia 2017.
“PLENITUD EN CRISTO”
Por: Alejandro Bullón