«Jesús le dijo: «Si quiero que él quede hasta que yo vuelva, ¿qué a ti? Sígueme tú»». Juan 21: 22.
LA JOVEN temblaba mientras yo predicaba. Había sido una gran líder de jóvenes, pero alguien fue injusto con ella y, por causa de esa situación, no solo dejó el cargo, sino que también abandonó la iglesia. Durante años anduvo por el mundo pero nunca consiguió ser feliz, y en esa semana de reuniones no había faltado una sola noche. Dios me inspiró esa noche para hablar directamente a su corazón. Traté de tocarla muchas veces, pero la sentía renuente, aunque el Espíritu de Dios la estuviera quemando por dentro. Últimamente miraba mucho a los que se decían cristianos y condenaba sus faltas e hipocresía. ¿Pueden los no creyentes encontrar faltas en los llamados cristianos? Dios tenga misericordia de nosotros, pero pueden. ¿Existen cristianos que solo fingen y aparentan, pero no tienen ninguna sustancia por dentro? Dios tenga compasión, pero existen. Pero, ¿qué tiene eso que ver con mi experiencia con Jesús? Piensa bien. ¿Tirarías a la calle todo el dinero que tienes porque alguien descubrió que existe dinero falso en circulación? ¿Tirarías una caja de manzanas buenas solo porque encontraste dos o tres podridas? Piensa bien. ¿Tirarías por la ventana el futuro glorioso que Dios ha reservado para ti solo porque alguien que conoces no vive la vida cristiana como debería vivirla? Esa noche fui insistente en tratar de llegar el corazón de la joven. El espíritu de Dios me decía que tenía que ser esa noche, que ya estaba madura para la cosecha. El texto de mi mensaje fue el mismo de hoy. Pedro y Jesùs iban caminando, cuando el dicìpulo cometió la insensatez de mirar al colega de al lado y preguntar: «Señor, ¿y qué de este?» (vers. 21) La respuesta que Jesús le dio fue contundente: «Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú». Este es uno de los secretos de la vida cristiana. Nunca mires al hermano de al lado. Si es hipócrita o no te saludó, o habló mal de ti, o no vive lo que predica, «¿qué te importa a ti? Sígueme tú», es la orden de Jesús. La joven había abandonado la iglesia por causa de los «otros». «Los otros» no se preocupaban mientras ella se moría lentamente. «¿Vale la pena el precio que estás pagando?», pregunté durante la predicación, y entonces vi aparecer lágrimas en sus ojos. Después hice el llamado y ella fue una de las primeras en pasar al frente esa noche. El padre le pagó el pasaje a un pastor, amigo de la familia, que viajó de Miami a Nueva York Y, el sábado siguiente, Isabel fue bautizada en la iglesia hispana de Corona Queens. Nunca olvides que, en la vida cristiana, el fracaso o la derrota dependen de nuestra comunión diaria con Jesús. No permitas que seres humanos interfieran en ella. El precio de tu salvación fue muy alto.