«He guardado tus palabras en mi corazón para no pecar contra ti». Salmo 119:11
Cuando tenía diez años, mi pastor y profesor de Biblia ofreció un premio de treinta dólares a cualquiera de nuestra clase que memorizara el Sermón del Monte. Los oídos de todos se aguzaron ante la idea de ganar treinta dólares, pero el interés de casi todos decayó cuando se dieron cuenta de que el Sermón del Monte era del largo de un sermón. Después de todo, abarca tres capítulos de la Biblia: Mateo 5 al 7.
Yo no me di por vencida. Me había propuesto memorizarlo, y no iba a permitir que nada me lo impidiera. Tal vez fue la inocencia de la niñez, el estímulo de la ambición o del dinero en efectivo: o quizá porque consideraba que aquel pastor era el mejor representante del ministerio evangélico desde los tiempos del Sermón del Monte. Fuera lo que fuera, yo estaba motivada. Si me hubiera detenido a pensar en ello, me habría dado cuenta de que aquel trabajo no se pagaba nada bien. Si calculas lo que gané por hora para memorizar aquel pasaje, verás que está muy por debajo del salario mínimo. ¿A quién quiero engañar? Era menos de lo que se pagaba en lugares donde explotaban a los trabajadores. Sin embargo, en mi defensa alegaré que yo era una niña, y que dieciocho centavos por hora me parecía una gran suma.
Llegó el día cuando los memoriosos debíamos recitar el texto durante uno de los cultos de la iglesia. De todos los niños de la escuela, solo dos aceptamos aquel reto. (Debería sincerarme y reconocer que la otra chica era una niña de primer grado, algo que realmente impresionó a todos los adultos y me opacó a mí. Quiero añadir que ella ni siquiera sabía escribir bien, ni hacer una operación matemática. Pero allí estaba, recitando tres capítulos de la Biblia.) Las dos sobrevivimos, recibiendo varios amenes, una ronda de aplausos y algo de dinero en efectivo, contante y sonante. No es un chiste, pero hasta el día de hoy, todavía recuerdo el Sermón del Monte. Me lo sé mejor que cualquier otro texto de la Escritura. He memorizado otros versículos desde entonces, pero ninguno de ellos lo he dominado tanto, ni se me ha pegado tan profundamente, como el Sermón del Monte. Algo casi sobrenatural sucede cuando memorizas partes de la Biblia. Dios bendice tus esfuerzos y te trae esos textos a la mente el resto de tu vida. Los versículos que aprendas hoy te guiarán y te consolarán en años futuros.
Ponlo en práctica: Elige un pasaje de la Biblia y comienza hoy mismo a memorizarlo. Mejor aún, memoriza un versículo cada semana. No lo lamentarás.
Ponlo en oración: Haz del Salmo 1 19: 11 tu oración. Pide a Dios que te ayude a amar su Palabra.
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Tomado De: Lecturas Devocionales Para Adolescentes 2018.
“¿Y Entonces…?”
Por: Heather Quintana
