«Pero te confesé sin reservas mi pecado y mi maldad: decidí confesarte mis pecados, y tú, Señor, los perdonaste» (Salmo 32: 5).
Hace falta ser muy valiente para decir: «Me he equivocado, perdóname»: Estas son palabras muy difíciles de pronunciar. No obstante, cuando las pronuncies, te alegrarás de haberlo hecho. Pedir perdón y confesar los pecados es una parte importante de ser cristiano. Lo bueno de esto es que él promete perdonarnos si se lo pedimos con sinceridad: «Si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios, que es justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad» ( 1 Juan 1:9).
A veces le pedimos perdón a Dios, pero en realidad no aceptamos que nos perdona. Aunque le confesamos el error, seguimos sintiéndonos culpables, arrastrando el pecado y la vergüenza por todas partes como si fueran un saco de piedras. Cuando Satanás trate de hacerte sentir culpable después de haber confesado un pecado, lee, Juan 1 : 9 nuevamente. Reclama el cumplimiento de esa promesa. Repítete a ti mismo: He confesado mis pecados, y Dios es fiel y justo para perdonarme y purificarme de toda mi injusticia. No dejes que Satanás te robe el sentido de libertad y perdón que Cristo quiere darte.
Una vez que hayas confesado tu pecado a Dios y hayas aceptado su perdón, debes hacer otra cosa más: perdónate a ti mismo. Si el Dios perfecto del universo puede perdonarte, tú puedes hacer lo mismo contigo. Acepta la gracia de Dios, y date un poco de gracia también.
Ponlo en práctica: Haz que pedir el perdón de Dios sea parte de tu vida de oración. Después de haberlo hecho, acepta su perdón y sigue adelante.
Ponlo en oración: En lugar de orar «Perdóname mis pecados», dile a Dios las cosas concretas por las cuales estás pidiendo perdón. Díselo todo bien clarito, aunque sea vergonzoso, y luego déjalo todo en las manos de Dios.
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Tomado De: Lecturas Devocionales Para Adolescentes 2018.
“¿Y Entonces…?”
Por: Heather Quintana
