«¿Quién podrá esconderse de mi vista? Con mi presencia lleno el cielo y la tierra. Yo, el Señor, lo afirmo» (Jeremías 23:24).
Si hablamos de secretos, hay dos tipos de personas: las que saben guardarlos y las que no. Tan pronto como una información llega a los oídos de algunos, no la pueden retener y la sueltan por su boca. Es algo raro y maravilloso contar con un amigo que guarde cuidadosamente la información que le confiamos.
Y si hablamos de secretos, hay dos tipos de información: la nuestra y la de los demás. Obviamente, es más fácil contar las confidencias de los demás que las nuestras propias. Podemos contar la vida clandestina de otra persona sin remordimiento, pero cuando se trata de nuestro propio comportamiento y de nuestros secretos, no abrimos la boca.
El otro día alguien me dijo: «Yo no tengo secretos, soy un libro abierto», y aunque esa persona ciertamente parecía no tener verdades ocultas, no todos podemos decir lo mismo. Al igual que los adultos, muchos adolescentes guardamos información secreta de nosotros mismos que no queremos que nadie sepa. Podría tratarse de un hábito o de un sentimiento del cual nos avergonzamos. Tal vez de algo que hemos hecho o que nos ha sucedido. Nos sentiríamos avergonzados y humillados si la gente se enterara.
El Salmo 44: 21 dice que Dios sabe lo que escondemos en el corazón: pero no debemos dejar que eso nos asuste. En realidad debería producirnos alivio. Aunque él conoce nuestros más profundos y oscuros secretos, no deja de amarnos. De hecho, murió en la cruz para que no tuviéramos que ser esclavos de lo que callamos. Él no quiere que seamos esclavos de nuestros secretos ni de nuestras vergüenzas.
Si hay algo que te mantiene esclavizado o que te hace sentir avergonzado, confía en que la gracia de Dios es mayor que tu pecado. Aférrate a la promesa de Romanos 5: 20, que dice: «Cuando el pecado aumentó, Dios se mostró aún más bondadoso».
Ponlo en práctica: Rompe el silencio. Si tienes un problema secreto que te está consumiendo, no le sigas dando más poder sobre ti. Habla con un adulto de confianza y pídele ayuda.
Ponlo en oración: Si hay algún secreto en tu vida del cual te avergüenzas, llévalo a Dios en oración. Confía en él, y no tengas miedo de llorar, gritar, o de preguntarle qué es lo que él quiere que hagas.
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Tomado De: Lecturas Devocionales Para Adolescentes 2018.
“¿Y Entonces…?”
Por: Heather Quintana
