La herejía del tormento eterno
«Después de eso he pensado que muchos alienados mentales que pueblan los asilos para enfermos de la mente llegaron a ese lugar a causa de experiencias similares a las que yo misma había tenido. Su conciencia recibió el impacto de un sentimiento abrumador de culpa y pecado, y su fe temblorosa no se atrevió a reclamar el perdón prometido por Dios. Escucharon las descripciones del infierno ortodoxo hasta que se les heló la sangre en las venas a causa del temor y en su memoria se grabó en forma indeleble una impresión de terror. El horroroso cuadro permaneció siempre delante de ellos, en las horas de vigilia como durante el sueño, hasta que la realidad se perdió en su imaginación y contemplaron únicamente las serpenteantes llamas de un fabuloso infierno y escucharon tan solo los gritos desgarradores de los condenados. La razón quedó destronada y el cerebro se llenó de las descabelladas fantasías de una terrible pesadilla. Los que enseñan la doctrina de un infierno eterno harían bien en examinar más de cerca la autoridad con la que respaldan una creencia tan cruel».— Elena G. de White, Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 30
«Satanás ha atribuido a Dios todos los males que ha heredado la naturaleza humana. Lo ha presentado como un Dios vengativo e implacable, que se deleita en los sufrimientos de sus criaturas. Satanás fue quien originó la doctrina de los tormentos eternos como castigo para el pecado, porque de esta manera podía llevar a la gente a la incredulidad y la rebelión, enajenar los espíritus y destronar la razón humana».— Elena G. de White, Consejos para los padres, maestros y alumnos, cap. 3, p. 27
«Solo queda un recuerdo: nuestro Redentor llevará siempre las señales de su crucifixión. En su cabeza herida, en su costado, en sus manos y en sus pies se ven las únicas huellas de la obra cruel efectuada por el pecado. El profeta, al contemplar a Cristo en su gloria, dice: “Su resplandor es como el fuego, y salen de su mano rayos de luz; y allí mismo está el escondedero de su poder” (Hab. 3: 4). En sus manos, y su costado heridos, de donde manó la corriente purpurina que reconcilió al hombre con Dios, allí está la gloria del Salvador, “allí mismo está el escondedero de su poder”. “Poderoso para salvar” por el sacrificio de la redención, fue por consiguiente fuerte para ejecutar la justicia para con aquellos que despreciaron la misericordia de Dios. Y las marcas de su humillación son su mayor honor; a través de las edades eternas, las llagas del Calvario proclamarán su alabanza y declararán su poder. […]
»El gran conflicto ha terminado. Ya no hay más pecado ni pecadores. Todo el universo está purificado. La misma pulsación de armonía y de gozo late en toda la creación. De Aquel que todo lo creó manan vida, luz y contentamiento por toda la extensión del espacio infinito. Desde el átomo más imperceptible hasta el mundo más vasto, todas las cosas animadas e inanimadas, declaran en su belleza sin mácula y en júbilo perfecto, que Dios es amor».— Elena G. de White, El conflicto de los siglos, cap. 43, pp. 653-654
1er trimestre 2026 «APOLOGÉTICA: EL AREÓPAGO»
Lección # 11 «EL INFIERNO»
Colaboradores: Jassiel Taveras de la Rosa y Adriana Jiménez
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