«Manténganse alerta, sin desanimarse, y oren por todo el pueblo santo» (Efesios 6:18).

En una carta que escribió a unos amigos de otro país, la esposa del misionero les comentó que habían recibido amenazas de un sacerdote y les pidió que oraran por ellos. Poco después de escribir aquella carta, la mujer cayó enferma de apendicitis. Su marido la llevó corriendo al hospital más cercano para que fuera intervenida de urgencia. Puesto que debía permanecer ingresada durante unos días, el misionero tuvo que regresar a la misión sin ella.
Durante una semana, el misionero trabajó solo en la clínica. El sábado por la mañana, cuando la gente del lugar empezó a llegar a la iglesia, un hombre conocido por su adicción a la bebida y por su violencia se acercó al misionero:
—La otra noche el sacerdote, mis camaradas del bar y yo fuimos a matarlo, pero no pudimos hacerlo.
—¿Por qué no? —preguntó el misionero.
—¡Porque no somos estúpidos! Eramos solo cuatro frente a los diecisiete tipos duros que lo acompañaban a usted.
El misionero frunció el ceño. «¿Diecisiete tipos duros?» pensó. Pero si había estado solo en casa durante toda la tarde…
Poco después, la esposa recibió una carta de su amiga en la que contaba cómo ella, junto a dieciséis compañeros, habían dedicado diez minutos cada viernes por la tarde para orar de forma especial para que Dios mantuviera a salvo a la pareja de misioneros.
Cuando la misionera y su marido calcularon la diferencia horaria que les separaba, cayeron en la cuenta de que sus amigos habían estado orando a la misma hora en la que el sacerdote y los demás hombres habían intentado matar al misionero. ¿Cuántos hombres habían visto? 17 extraños + el misionero = 18 hombres. ¿Y cuántas personas habían estado orando aquel día a la misma hora? 16 compañeros + la amiga que escribía la carta + el misionero =18.
Una famosa mujer de oración dijo: «Satanás se ríe de nuestros esfuerzos. Se burla de nuestra sabiduría, pero tiembla cuando oramos».
Tomado de:
Lecturas devocionales para Menores 2014
“En la cima”
Por: Kay D. Rizzo