El Faraón declaró que Moisés y Aarón eran impostores, y que no podían hacer más que sus magos. Dijeron Moisés y Aarón a Faraón: Ese Jehová que pretendes no conocer, te convencerá de que es más poderoso que todos los dioses. Le informaron que Dios aún realizaría maravillas mayores, que lo dejarían sin excusa, y que serían monumentos perpetuos de su providencia y poder a favor de Israel.
“Entonces Jehová dijo a Moisés: El corazón de Faraón está endurecido, y no quiere dejar ir al pueblo. Ve por la mañana a Faraón, he aquí que él sale al río; y tú ponte a la ribera delante de él, y toma en tu mano la vara que se volvió culebra, y dile: Jehová el Dios de los hebreos me ha enviado a ti, diciendo: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva en el desierto; y he aquí que hasta ahora no has querido oír. Así ha dicho Jehová: En esto conocerás que yo soy Jehová: he aquí, yo golpearé con la vara que tengo en mi mano el agua que está en el río, y se convertirá en sangre. Y los peces que hay en el río morirán, y hederá el río, y los egipcios tendrán asco de beber el agua del río”
El faraón no quiso escuchar a Moisés y a Aarón, sino que despreció sus palabras; sin embargo, no tenía poder para hacerles daño. “Y Moisés y Aarón hicieron como Jehová lo mandó; y alzando la vara golpeó las aguas que había en el río, en presencia de Faraón y de sus siervos; y todas las aguas que había en el río se convirtieron en sangre”. Durante siete días continuó la plaga sobre las aguas. Pero el rey no se humilló, sino que endureció su corazón. Se les ordenó a Moisés y a Aarón que, antes de traer las plagas, informaran fielmente a Faraón de la naturaleza de cada plaga que iba a venir, y del efecto de la plaga, para que tuviera la oportunidad de salvarse de ella, si así lo deseaba, permitiendo que los hijos de Israel fueran a sacrificar a Dios. Pero si el rey se negaba a obedecer el mandato de Dios, este lo visitaría con más juicios (Spiritual Gifís, t. 3, pp. 206, 207).
Se nos dice que el Señor endureció el corazón de Faraón. Las repetidas negativas del rey a escuchar la palabra del Señor provocaron mensajes cada vez más directos, más urgentes y contundentes. A cada rechazo de la luz, el Señor manifestaba un despliegue más marcado de su poder; pero la obstinación del rey crecía con cada nueva evidencia del poder y la majestad del Dios del cielo, hasta que se agotó la última flecha de misericordia de la aljaba divina. Entonces el hombre quedó completamente endurecido por su propia resistencia persistente. Faraón sembró obstinación, y cosechó lo mismo en su carácter. El Señor no pudo hacer nada más para convencerlo, porque estaba obstinado y lleno de prejuicios, hasta el punto de que el Espíritu Santo no podía acceder a su corazón. Faraón fue entregado a su propia incredulidad y dureza de corazón. La infidelidad produjo infidelidad. Cuando Faraón endureció su corazón ante la primera exhibición del poder de Dios, se hizo más propenso a un segundo rechazo del poder de Dios. El orgullo y la obstinación lo mantuvieron esclavizado y le impidieron reconocer las advertencias de Dios. Era contrario a la naturaleza del Faraón cambiar de parecer después de haber expresado una vez su propósito de no creer (The Review and Herald, “The Measure of’ Light Given, Measures Our Responsability”, 17 de febrero, 1891 , párr. 1 ).
Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
3er. Trimestre 2025 «EL EXODO: VIAJE A LA TIERRA PROMETIDA»
Lección 4: «LAS PLAGAS»
Colaboradores: Xiomara Moncada y Karla González
