La fortaleza de un ejército se mide mayormente por la eficiencia de los hombres que se encuentran en sus filas. Un general sabio instruye a sus oficiales a fin de que entrenen a cada soldado para el servicio activo. Trata de desarrollar la mayor eficiencia posible de parte de todos. Si tuviera que depender solo de sus oficiales no podría esperar dirigir una campaña de buen éxito. Cuenta con el servicio leal e infatigable de cada hombre de su ejército. La responsabilidad descansa mayormente sobre los hombres que están en las filas.
Lo mismo ocurre en el ejército del Príncipe Emanuel. Nuestro General, que jamás ha perdido batalla, espera un servicio voluntario y fiel de todos los que se han alistado bajo su bandera. Espera que todos, tanto laicos como ministros, tomen parte en el conflicto final que se está librando ahora entre las fuerzas del bien y las huestes del mal. Todos los que se han alistado como soldados suyos deben rendir como milicianos un servicio fiel, con un agudo sentido de la responsabilidad que reposa sobre ellos como individuos.
No todos los que entran en el ejército van a ser generales, capitanes, sargentos, ni siquiera cabos. No todos han de tener ni los cuidados ni las responsabilidades de los dirigentes. Pero hay que cumplir muchas otras arduas tareas de otra clase. Algunos tendrán que cavar trincheras o construir fortificaciones; otros permanecerán como centinelas; algunos otros llevarán mensajes. Si bien es cierto que se necesitan pocos oficiales, se requieren muchos soldados para formar las filas del ejército; no obstante, el buen éxito depende de la fidelidad de cada soldado. La cobardía o la traición de un solo hombre puede acarrear desastre al ejército entero.
Hay una obra ferviente que debe ser hecha por nosotros individualmente si queremos librar la buena batalla de la fe. Están en juego intereses eternos. Debemos revestirnos de toda la armadura de justicia, debemos resistir al diablo, y tenemos la segura promesa de que se batirá en retirada. La iglesia debe llevar a cabo un combate agresivo, hacer conquistas para Cristo, y rescatar almas del poder del enemigo. Dios y sus santos ángeles toman parte en este conflicto. Agrademos al que nos ha llamado a ser sus soldados (God’s Amazing Grace, p. 29; parcialmente en La maravillosa gracia de Dios, 21 de enero, p. 29).
La verdadera santificación es consecuencia del desarrollo del principio del amor. “Dios es amor; y el que vive en amor, vive en Dios, y Dios en él”. 1 Juan 4:16. La vida de aquel en cuyo corazón habita Cristo revelará una piedad práctica. El carácter será purificado, elevado, ennoblecido y glorificado. Una doctrina pura acompañará a las obras de justicia; y los preceptos celestiales a las costumbres santas.
Los que quieren alcanzar la bendición de la santidad deben aprender primero el significado de la abnegación… Es la fragancia del amor para con nuestros semejantes lo que revela nuestro amor para con Dios. Es la paciencia en el servicio lo que otorga descanso al alma. Es mediante el trabajo humilde, diligente y fiel cómo se promueve el bienestar de Israel. Dios sostiene y fortalece al que desea seguir en la senda de Cristo (Los hechos de los apóstoles, p. 447).
Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
4to. Trimestre 2025 «LECCIONES DE JOSÚE ACERCA DE LA FE»
Lección 13: «¡ELIJAN HOY!»
Colaboradores: Xiomara Moncada y Karla González
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