Te encarezco delante de Dios, del Señor Jesucristo y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicios […]” (1 Timoteo 5:21).

Para los griegos, había dos grupos de personas: ellos y los bárbaros. Estos últimos eran lo que no sabían hablar el idioma griego.
Saulo estaba convencido de que el cristianismo era una plaga. Compartía el orgullo y los prejuicios de su nación, y los alimentaba con celos, especulaciones, fanatismos y superioridad. Hasta que su encuentro con Cristo, registrado en Hechos 9, lo transformó para siempre.
Ahora, años más tarde, aconseja a Timoteo que se circuncide, no porque Dios lo requería, sino para que los prejuicios no debilitaran su ministerio. “Sin embargo, mientras condescendía así con el prejuicio judío, creía y enseñaba que la circuncisión y la incircuncisión nada eran, y que el evangelio de Cristo era todo” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 166)
Además, Elena de White dice que, cuando trabajamos por los prisioneros del prejuicio y la ignorancia, tenemos que ser sabios como Pablo: “Sed muy cuidadosos de no presentar la verdad de una manera que despierte el prejuicio y cierre la puerta del corazón a la verdad […]. Si el amor de Cristo se revela en todos vuestros esfuerzos, podréis sembrar la simiente de la verdad en algunos corazones, y traerá fruto para su gloria” (El evangelismo, p. 107).
Estábamos con un escribano solicitándole prestado su terreno para colocar una carpa de evangelismo. Estaba a punto de firmar un comodato, cuando su hijo interrumpió gritando: “¡No te metas con religiosos! ¡Yo sé lo que te digo!” Al instante, el padre respondió: “Yo también tenía prejuicios, pero ya no los tengo”, y firmó el comodato que nos autorizaba a utilizar sin costo su propiedad.
¿Qué le hizo perder los prejuicios? ¿Nuestra apariencia? ¿Nuestro ofrecido programa de servicios? ¿Algún conocimiento de los ámbitos institucional o doctrinal? Nada de eso. Simplemente, dijo: “Conozco una abuelita adventista. Si todos los adventistas son como ella, estoy confiado y seguro”.
No prejuzgues. Si Dios no lo hace con nosotros, ¿por qué lo haríamos nosotros con otros? No construyas prejuicios; más bien derríbalos con mucha oración y un buen ejemplo, porque “un cristiano bondadoso y cortés es el argumento más poderoso que se pueda presentar en favor del cristianismo” (Elena de White, El colportor evangélico, p. 76).
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Adultos 2021
«PABLO REAVIVADOS POR UNA PASIÓN»
Por :BRUNO RASO
Colaboradores: Magda S & Ricardo Vela