Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente. En el templo, el Hijo de Dios estaba dedicado a la obra que había venido a hacer. El sacerdote le miró como a cualquier otro niño. Pero aunque él no vio ni sintió nada insólito, el acto de Dios al dar a su Hijo al mundo no pasó inadvertido. Esta ocasión no pasó sin algún reconocimiento del Cristo. «Había un hombre en Jerusalén, llamado Simeón, y este hombre, justo y pío, esperaba la consolación de Israel: y el Espíritu Santo era sobre él. Y había recibido respuesta del Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Cristo del Señor».
Al entrar Simeón en el templo, vio a una familia que presentaba su primogénito al sacerdote. Su aspecto indicaba pobreza; pero Simeón comprendió las advertencias del Espíritu, y tuvo la profunda impresión de que el niño presentado al Señor era la Consolación de Israel, Aquel a quien tanto había deseado ver. Para el sacerdote asombrado, Simeón era un hombre arrobado en éxtasis. El niño había sido devuelto a María, y él lo tomó en sus brazos y lo presentó a Dios, mientras que inundaba su alma un gozo que nunca sintió antes. Mientras elevaba al Niño Salvador hacia el cielo, exclamó: “Ahora desprecia, Señor, a tu siervo, conforme a tu palabra, en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual ha aparejado en presencia de todos los pueblos; luz para ser revelada a los Gentiles, y la gloria de tu pueblo Israel”.
El espíritu de profecía estaba sobre este hombre de Dios, y mientras que José y María permanecían allí, admirados de sus palabras, los bendijo, y dijo a María: “He aquí, este es puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel; y para señal a la que será contradicho; y una espada traspasará tu alma de ti misma, para que sean manifestados los pensamientos de muchos corazones”.
También Ana la profetisa vino y confirmó el testimonio de Simeón acerca de Cristo. Mientras hablaba Simeón, el rostro de ella se iluminó con la gloria de Dios, y expresó su sentido agradecimiento por haberle permitido contemplar a Cristo el Señor (El Deseado de todas las gentes, pp. 36, 37).
Pablo hacía del educar a los jóvenes para el ministerio evangélico una parte de su obra. Él los llevaba consigo en sus viajes misioneros, y así adquirirían una experiencia que más tarde los habilitaría para ocupar puestos de responsabilidad. Aun cuando estuviese separado de ellos, se mantenía siempre en contacto con su obra, y sus cartas a Timoteo y Tito son una prueba de cuán profundo era su deseo de que tuviesen éxito. “Lo que tiene oído de mí —escribió—, esto encarga a los hombres fieles que serán idóneos para enseñar también a otros”. 2 Timoteo 2:2 .
Este rasgo de la obra de Pablo enseña una lección importante a los predicadores de hoy día. Los obreros experimentados hacen una obra noble cuando, en vez de tratar de llevar todas las cargas ellos mismos, preparan a hombres más jóvenes, y ponen cargas sobre sus hombros. Es deseo de Dios que aquellos que han adquirido experiencia en su causa, preparen jóvenes para su servicio.
El obrero más joven no debe dejarse embargar de tal manera por las ideas y opiniones de aquel a quien esté confiado, que pierda su propia individualidad. No debe dejar que su identidad se confunda con la de aquel que lo está instruyendo, al punto de no atreverse a ejercer su propio juicio, sino hacer lo que se le dice, sin tener en cuenta su propia conciencia de lo bueno y lo malo. Es privilegio suyo aprender de por sí del gran Maestro. Si aquel con quien trabaja sigue una conducta que no está en armonía con el “así dice Jehová”, no vaya a alguna tercera persona, sino diríjase a su superior en el cargo y preséntele el asunto expresando francamente su parecer. Así el aprendiz puede beneficiar al maestro. Debe fielmente desempeñar su deber (Obreros evangélicos, págs. 107, 108).
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Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2026.
4to. Trimestre 2026 «EL DON DE PROFECIA»
Lección 04 «Profetas del Nuevo Testamento»
Colaboradores: Felipe Torres y Esther Jiménez
