«Oh Dios, a ti dirijo mi oración, porque sé que me responderás» (Salmo 17:6).
¿Alguna vez estuviste a un paso de un gran problema? Yo viajaba al otro lado del mundo rumbo a Australia. Después de 18 horas en un avión, haríamos la última escala en Nueva Zelanda. El desfase de doce horas de huso horario, la incomodidad de estar apretujado en un asiento diminuto, la nostalgia de casa por estar quince días lejos y la emoción de conocer un continente super interesante me tenían con una mezcla de ansiedad y miedo.
Tendríamos una escala de 45 minutos en Auckland antes de seguir finalmente a Sídney. Encorajada de mi esposo, decidí bajar un momento a comprar una pasta dental de propóleo silvestre (¡no te burles, porque es un souvenir elegante como un ramo de orquídeas!). Fue entonces cuando algo me impulsó a regresar al avión un poco antes de lo previsto. Presenté mi pasaje y la azafata me dio un susto: «Señor, en este último tramo su avión es otro. ¡Este va a Japón!». ¿¡Qué?! Entré en pánico. Todas mis pertenencias (documentos, pasaporte, billete, computadora y contactos) estaban en ese avión, y el otro ya estaba en el procedimiento de cierre de puertas. Me quedaba a 15.000 kilómetros de casa sin poder embarcar en mi vuelo de conexión y sin haber subido al otro.
Oré con un escalofrío que me recorría la espalda. El equipo en tierra entendió mi desesperación, se comunicaron con el otro avión, me dejaron subir para recuperar mis cosas y logré abordar en el último instante, con 400 pasajeros que esperaban por mí. Al sentarme, suspiré: «Si hubiera regresado cinco minutos después, estaría perdido», porque todos mis documentos se habrían ido de viaje en el avión a Japón.
¡Por poco! ¿Cuántas veces nos salvamos «raspando» de una gran complicación? ¿Y cuántas veces ni siquiera nos damos cuenta de que el problema podría haber sido peor? Un metro más cerca de un estornudo y nos contagia una epidemia; un paso más adelante y el automóvil nos atropella; unos segundos después y todo se derrumba. En fin, vivir es agradecer esas «coincidencias» que nos protegen, ¿o acaso serán las providencias de un Dios que nos ama?
Creo que para el cielo no hay casualidades, sino dirección divina. Nuestro Creador nos protege mucho más de lo que imaginamos. ¿Y tú? Confía en la Omnipotencia que nunca juega a los dados. Dios se anticipa para librarnos del mal. Saldrás ileso de los contratiempos. Solo debes escuchar la voz de tu conciencia… aunque te llame cinco minutos antes.
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Tomado de la: Lectura Devocional de Adolescentes 2026
“LA VUELTA AL MUNDO EN 365 DÍAS»
Por: Odailson Fonseca
Colaboradores: _______________ y Claudia Escamilla
