“Os ruego, pues, que cuando esté presente, no tenga que usar de aquel atrevimiento con que estoy dispuesto a proceder resueltamente contra algunos que nos tienen como si anduviéramos según la carne” (2 Corintios 10:2).
Encaraba con firmeza y coraje. Era directo. No negociaba con principios. Destacaba y valoraba todo lo positivo.
Era honesto y preciso tanto en su conducta como en sus discursos.
Acompañaba el proceso, daba la cara, iba de frente. Trataba con consideración y amabilidad.
Buscaba siempre resaltar el mensaje y la actitud de Cristo. Usaba la disciplina como último recurso.
Muchas personas prefieren convivir con el conflicto antes que buscar resolverlo. Esto nos encierra en una cárcel de tensión, que magnifica aún más la problemática.
El avestruz, originaria de África, tiene una cabeza pequeña, ojos grandes y patas largas y musculosas que le permiten correr a 70 kilómetros por hora. Sus alas pequeñas no le permiten volar, solo lo ayudan a impulsarse, a equilibrarse al correr y como mecanismo de defensa, ya que las agita para atacar a posibles depredadores. Es la más grande y la más pesada de todas las aves que aún existen, ya que puede alcanzar los 3 metros de altura y pesar unos 180 kilos. Más allá de todo esto, cuando el avestruz está en presencia de un peligro, baja la cabeza a ras del suelo para pasar desapercibido y parecer un arbusto. Esto dio origen al dicho popular “no escondas la cabeza como el avestruz”, para ilustrar a los que prefieren esconderse sin hacerse cargo.
Tenemos que ser amos y no esclavos de las circunstancias. La promesa es segura y fuerte: “Todo ser humano, creado a la imagen de Dios, está dotado de una facultad semejante a la del Creador: la individualidad, la facultad de pensar y hacer” (Elena de White, La educación, p. 16).
Siempre es mejor no esconder la cabeza como el avestruz.
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Adultos 2021
«PABLO REAVIVADOS POR UNA PASIÓN»
Por :BRUNO RASO
Colaboradores: Paty Solares & Dulce Ramirez