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«Nos ha dado sus promesas, que son muy grandes y de mucho valor, para que por ellas lleguen ustedes a tener parte en la naturaleza de Dios» (2 Pedro I: 4).

Una tarde, mientras trabajaban, Bert le contó a Gary la historia de cómo los piratas escondían las piedras preciosas para que sus enemigos no las encontraran. Le contó que moldeaban arcilla mojada y cubrían con ella las gemas, y después escondían aquellas bolas de arcilla en agujeros en las elevaciones de arena.
«¡No! —pensó Gary—. ¡No es posible!» Invadido por la curiosidad, Gary salió antes del trabajo. Corrió a casa, entró rápidamente en su habitación y sacó su caja de recuerdos del armario. Revolvió las conchas buscando el pequeño guijarro. Finalmente, encontró la bolita. Cogió una navaja y empezó a rascarla. Al principio no había más que arcilla pero, de repente, la bolita se rompió, y de ella salió rodando un pequeño diamante de color azulado. Gary examinó detenidamente aquella brillante gema bajo la luz de la lámpara.
El corazón le dio un vuelco y su estómago empezó a revolverse cuando, por un momento, recordó las otras veintitrés bolitas de arcilla que había perdido para siempre.
Dios nos hace, a ti y a mí, cientos de preciosas promesas en su Palabra. Algunas de estas gemas, a primera vista, están envueltas en arcilla; no podemos apreciar su valor. Otras llaman nuestra atención en el momento en que las leemos. A menudo, al igual que Gary, desechamos las piedras preciosas cubiertas de barro antes de detenernos a descubrir su verdadero valor.
Tómate tu tiempo para descubrir las promesas que Dios te hace. Te sorprenderás de cuántos tesoros puedes encontrar.
Tomado de:
Lecturas devocionales para Menores 2014
“En la cima”
Por: Kay D. Rizzo