«Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: ‘Apreciada mujer, ¡estás sanada de tu enfermedad!'» (Luc. 13:12, NTV).

¿Cuántas veces habrá ido a la sinagoga esa mujer antes de encontrarse con Jesús? Creo que al enemigo no le importa que vayas todos los sábados a la iglesia, mientras que no recibas sanidad. Tampoco le importa que leas tu Biblia todos los días, en tanto sigas doblada bajo el peso de la culpa y la inseguridad. A veces pensamos que Dios va a salvarnos porque le damos pena, no por amor. Creemos que, al mirarnos, a Dios se le revuelve el estómago del asco, que se pone guantes antes de tocarnos para que no se le pegue nuestra suciedad. Sin embargo, la Biblia dice que cautivamos su corazón con solo una mirada (Cant. 4: 9); que Dios nos ama y ve un valor inestimable en nosotras (Isa. 43: 4). Dios es el padre de la parábola, que corre a abrazar y besar a su hijo cuando este aún huele a cerdos, antes de que se dé una ducha (Luc. 15: 11-32).
Dios nos mira, como a aquella mujer encorvada, lleno de ternura y amor. Aun si no nos atrevemos a pedir nada, aun cuando no podemos mirarlo a los ojos, Jesús se acerca para ayudarnos. Sin importar cuán pesada sea la carga de nuestro pasado, o cuán deformantes nuestros pecados, él dice: «Mujer, ¡quedas libre de tu enfermedad!»
Señor Jesús, ¡dame una nueva revelación de tu amor! Ayúdame a ver, con los ojos de la fe, cómo te agachas y tocas mi espalda encorvada, liberándome así del peso de la vergüenza y el miedo. Mi pasado y mis errores ya no me definen. Mi identidad dependencia de tu amor por mí.
#MatinalDeDamas
#RadioJovenAdventista
#MeditacionesDiarias
Lecturas Devocionales para Damas 2022
“SIN MIEDOS NI CADENAS”
Por: VANESA PIZZUTO
Colaboradores: Nathalia Bernal & Adriana Jiménez