El Señor le indicó a Moisés que volviera ante el pueblo y le repitiera la promesa de la liberación, con nuevas garantías del favor divino. Hizo lo que se le mandó; pero ellos no quisieron prestarle atención. Dice la Escritura: “Mas ellos no escuchaban. . . a causa de la congoja de espíritu, y de la dura servidumbre”. De nuevo llegó el mensaje divino a Moisés: “Entra, y habla a Faraón rey de Egipto, que deje ir de su tierra a los hijos de Israel”. Desalentado contestó: “He aquí los hijos de Israel no me escuchan: ¿Cómo pues me escuchará Faraón?” Se le dijo que llevara a Aarón consigo, y que se presentara ante Faraón, para pedir otra vez “que deje ir de su tierra a los hijos de Israel”.
Se le dijo que el monarca no cedería hasta que Dios visitara con sus juicios a Egipto y sacara a Israel mediante una señalada manifestación de su poder. Antes de enviar cada plaga, Moisés había de describir su naturaleza y sus efectos, para que el rey se salvara de ella si quería. Todo castigo despreciado sería seguido de uno más severo, hasta que su orgulloso corazón se humillara, y reconociera al Hacedor del cielo y de la tierra como el Dios verdadero y viviente. El Señor iba a dar a los egipcios la oportunidad de ver cuán vana era la sabiduría de sus hombres fuertes, cuán débil el poder de sus dioses, que se oponían a los mandamientos de Jehová. Castigaría al pueblo egipcio por su idolatría, y anularía las supuestas bendiciones que decían recibir dc sus dioses inanimados. Dios glorificaría su propio nombre para que otras naciones oyeran de su poder y temblaran ante sus prodigios, y para que su pueblo se apartara de la idolatría y le tributara verdadera adoración (Historia de los patriarcas y profetas, pp. 266, 267).
Mi atención fue dirigida al poder que Dios manifestó a través de Moisés cuando lo envió a entrevistarse con Faraón. Satanás comprendió lo que debía hacer y estaba preparado. Sabía perfectamente que Moisés había sido elegido por Dios para romper el yugo de la cautividad que afligía a los hijos de Israel, y que en su obra simbolizaba la primera venida de Cristo para romper el poder de Satanás sobre la familia humana y libertar a los que habían sido hechos cautivos de su poder. Satanás sabía que cuando Cristo apareciera realizaría obras y milagros admirables para que el mundo supiera que el Padre lo había enviado. Tembló al pensar en el poder de Jesús. Consultó con sus ángeles la forma de llevar a cabo una obra que cumpliera un doble propósito: (1) destruir la influencia de la obra que Dios realizaría mediante su siervo Moisés, para lo cual obraría mediante sus agentes satánicos, y en esa forma representaría falsamente la verdadera obra de Dios; (2) ejercer influencia mediante su obra por medio de los magos que existirían en todas las épocas para destruir en las mentes de muchos la verdadera fe en los poderosos milagros y obra que Cristo llevaría a cabo cuando viniera a este mundo. Satanás sabía que su reino sufriría, porque el poder que ejercería sobre la humanidad estaría sujeto a Cristo. No era la influencia humana o el poder que Moisés poseía lo que produjo los milagros realizados ante Faraón. Era el poder de Dios. Esas señales y maravillas fueron realizadas mediante Moisés para convencer a Faraón de que el gran “Yo Soy” lo había enviado para ordenarle a Faraón a que dejara en libertad a Israel a fin de que este sirviera a Dios ( Testimonios para la Iglesia, t. 1, pp. 262, 263).
Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
3er. Trimestre 2025 «EL EXODO: VIAJE A LA TIERRA PROMETIDA»
Lección 4: «LAS PLAGAS»
Colaboradores: Xiomara Moncada y Karla González
