Llevo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús (Gálatas 6:17, RVC).
Una marca registrada es un nombre o símbolo que identifica a una empresa, producto o servicio. En el mundo industrializado, existen muchas marcas que son conocidas en cualquier parte del planeta. Algunas valen miles de millones de dólares, como Amazon, Microsoft, McDonald’s y Shell. Otras tuvieron tanto éxito que terminaron convirtiéndose en sinónimo de los propios productos: Gillette, Nutella, Post-it, Maizena, Velero, entre otras.
Antiguamente, se marcaba a los animales y los esclavos con un hierro caliente que contenía las iniciales del nombre del propietario. En los tiempos de Pablo, los seguidores de dioses paganos tatuaban o marcaban sus propios cuerpos para mostrar su lealtad a las deidades preferidas. Sin embargo, esta práctica estaba prohibida por la ley mosaica (Lev. 19:28).
Cuando Pablo escribió: «Llevo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús», se dirigió a una audiencia que enfrentaba falsos maestros que aparentaban ser verdaderos, pero destilaban falsedad en sus enseñanzas. Al orientar y advertir a los cristianos, Pablo mostró que sus enseñanzas poseían la «marca registrada» de Jesús, y no de los hombres (Gál. 1:11, 12).
Por cierto, en la época de Pablo, cuando un fugitivo buscaba refugio en un templo, recibía las marcas representativas del dios o la diosa que allí se adoraba, y quedaba así protegido contra cualquier acción enemiga. En este contexto, Pablo afirmó poseer las marcas de Cristo. Era un «fugitivo» del mundo y había encontrado refugio en los brazos de Jesús.
Pero, en definitiva, ¿qué marcas eran estas? Ciertamente, Pablo se refería a las cicatrices en su cuerpo, causadas por un trato cruel e inhumano por ser seguidor de Cristo (1 Cor. 11:23-27). Azotes, apedreamientos, hambre, naufragio, frío y una posible enfermedad visual estaban registrados en su cuerpo como un sello de su devoción a Cristo.
Y tú, ¿qué tipo de marcas cargas? ¿Eres de hecho un seguidor de Jesús? ¿Vives como él vivió? ¿Predicas lo que él predicó? Entonces, lleva en tu vida esa identificación. Y, si algún día es necesario sufrir por Jesús, no tengas miedo de decir a quién perteneces.