Cuando nos demos un banquete de la Palabra de Dios, por causa de la preciosa luz que recogemos de ella, presentémosla a otros para que también puedan gozarse con nosotros. Que esa comunicación sea espontánea y sincera. Podemos atender mejor a la gente donde se encuentra, en vez de buscar palabras elevadas que lleguen al tercer cielo. La gente no está allá, sino precisamente aquí, en este mundo afligido, pecaminoso y corrupto, luchando contra las severas realidades de la vida.
Cristo no vino para ser servido, sino para servir. Él fue nuestro ejemplo, y Dios nos ha asignado nuestra obra: servir a las necesidades de otros, de acuerdo con la capacidad que nos ha dado. Al usar esta capacidad de la mejor manera posible, ella aumentará. Los que hacen todo lo que pueden con lo que Dios les ha confiado, y depositan todo el peso sobre él, tendrán fortaleza cuando ella sea necesaria. Al actuar así, le damos lugar a Dios para trabajar por nosotros; para enseñarnos, conducirnos, impresionarnos y hacernos canales mediante los cuales su luz puede ser comunicada a muchos otros que están en las tinieblas (El otro poder, pp. 87, 88).
La palabra y la pluma han de estar bajo el control del Espíritu Santo. Si no sucede así con los escritores… sería mejor que dejaran la pluma a un lado y se ocuparan en otro tipo de trabajo. Dios nos llama al monte para hablar con él y, cuando por fe contemplemos al Invisible, nuestras palabras no serán descuidadas ni comunes… Llénenlos con temas cargados de intereses eternos. No pongan la zaranda muy alta para la mente de la gente común. Que los artículos sean escritos con una sencillez como la de Cristo, libres de paja y hojarasca, que se consumirán por inservibles. Dios requiere plumas consagradas. Los artículos… deben estar llenos de pensamientos prácticos, elevadores y ennoblecedores, que ayuden, enseñen y fortalezcan la mente de quien los lea. Dios ayude a nuestros redactores a elegir sabiamente…
Pueden elevar a Cristo nuestro Salvador tanto como quieran. “Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria [de carácter en carácter] en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”. 2 Corintios 3:18 . Los que aman y sirven a Dios han de ser la luz del mundo, que brillan en medio de la oscuridad moral (El otro poder, pp. 19, 20).
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Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2026.
4to. Trimestre 2026 «EL DON DE PROFECIA»
Lección 06 «Los Escritos Proféticos»
Colaboradores: Felipe Torres y Esther Jiménez
