«No tomen venganza, queridos hermanos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza; yo pagaré», dice el Señor»
Romanos 12: 19.
Amargado y rebelde, Absalón regresó de su exilio de tres años por haber mandado matar a Amnón en venganza por violar a su hermana Tamar. De vuelta en Jerusalén, pasó varios años organizando una sublevación contra su padre.
Preparado para el golpe final, fue a Hebrón, donde emisarios secretos advirtieron al pueblo. Así, hicieron sonar las trompetas, y Absalón fue proclamado rey en la misma ciudad donde había comenzado el reinado de su padre. Cuando llegó la noticia a Jerusalén, David y seiscientos hombres huyeron rápidamente y Absalón tomó el reino.
Uno de los hombres a quienes Absalón llamó como consejero fue Ahitofel, que había sido uno de los principales consejeros de David. Ahitofel era famoso por su sabiduría y su opinión se juzgaba segura y prudente. Ahitofel se adhirió a los conspiradores, atrayendo así a otros hombres de influencia. Sin sabiduría divina, aconsejó a Absalón que violara a las concubinas de su padre en público. Cuando David se vio traicionado por Ahitofel, pidió a Husaín, otro consejero, que volviera a Jerusalén para contrarrestar los consejos de Ahitofel. Husai aduló a Absalón y este aceptó sus servicios.
Ahitofel sugirió organizar un ejército de ciento veinte mil hombres para buscar a David y darle muerte. El consejo agradó a Absalón y a sus ancianos, pero Absalón llamó a Husai, y este contrarió el consejo de Ahitofel dando otra sugerencia, que fue acatada por Absalón. Informados acerca de los planes, los hombres de David vencieron al ejército de Absalón. En la batalla decisiva, Absalón fue derrotado y muerto. Ahitofel, viendo que su consejo había sido ignorado, se ahorcó.
¿Qué motivó a este respetado consejero a traicionar a David? «La deserción de Ahitofel, el más capaz y astuto de los dirigentes políticos, era motivada por un deseo de vengar el deshonor de familia entrañado en el agravio hecho a Betsabé, que era su nieta» (Elena G. de White, Patriarcas y profetas, cap. 72, pág 725).
El deseo de venganza puede causar desequilibrio emocional y físico, y acabar produciendo injusticias. Es un veneno que termina ingiriendo uno mismo. Por eso, el consejo de Pablo es relevante: la venganza le pertenece a Dios, que es justo y sabio. Su venganza es diferente a la nuestra. Él quiere cuidarnos para que no «ingiramos» ese terrible veneno.
¿Estás albergando dentro de ti algún deseo de venganza? No cometas el mismo error que cometieron Absalón y Ahitofel. Líbrate de ese veneno y deja la venganza en manos de Dios.
Lecturas Devocionales para Damas 2026
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Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Silvia García F.
