sábado , 15 agosto 2026
Notas de Ellen G. White 2025

La puerta de esperanza

 

Cuando Josué se apartó del ejército de Israel para meditar y orar por la presencia especial de Dios, vio a un Hombre de gran estatura, recubierto de atuendos que parecían una armadura y con una espada desenvainada en la mano. Josué no lo reconoció como uno de los guerreros de Israel y, sin embargo, no parecía ser un enemigo. Lleno de celo, “yendo hacia él le dijo: ‘¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?’ Él le respondió: ‘No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora’. Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró y le dijo: ‘¿Qué dice mi Señor a su siervo?’ Y el Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué: ‘Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo’. Y Josué así lo hizo”. Josué 5:13-15 …

El que se alzaba delante de Josué era el Hijo de Dios. Era el que había conducido a los hebreos por el desierto, como una columna de nubes durante el día y de fuego durante la noche. Para que Josué supiera que no se trataba de nadie más sino Cristo, el Altísimo, dijo: “Quita tu calzado de tus pies”. Éxodo 3:5 . Luego dio instrucciones a Josué al respecto de cómo se debían comportar para tomar Jericó. Todos los guerreros recibirían orden de dar una vuelta a la ciudad cada día durante seis días y el séptimo deberían dar siete vueltas.

Josué dio órdenes a los sacerdotes y al pueblo para que hicieran según le había indicado el Señor. Dispuso las huestes de Israel en formación perfecta…

Durante seis días la hueste de Israel siguió el circuito alrededor de la ciudad. Llegó el séptimo y con las primeras luces del alba Josué mandó que el ejército de Dios se dispusiera en formación. En esa ocasión ordenó a los hombres que dieran siete vueltas alrededor de Jericó y que, a la señal de las trompetas, gritaran con todas sus fuerzas porque Dios les habría entregado la ciudad…

Súbitamente, el gran ejército se detuvo. Las trompetas se estallaron en una fanfarria que sacudió hasta la misma tierra. Todas las voces de Israel al unísono cortaron el aire con un poderoso grito. Los muros de sólida piedra, las imponentes torres y fortificaciones, se tambalearon, sus cimientos cedieron y, con un estruendo semejante a mil truenos, cayeron formando un amasijo de ruinas. Los habitantes y el ejército enemigo, paralizados por el terror y el desconcierto, no ofrecieron resistencia e Israel entró y tomó cautiva la poderosa ciudad de Jericó.

¡Con qué facilidad los ejércitos del cielo derribaron unos muros que habían parecido tan formidables a los espías que dieron el informe desfavorable! La única arma que entró en combate fue la palabra de Dios. El Poderoso de Israel había dicho: “Yo he entregado en tu mano a Jericó”. Josué 6:2 . Habría bastado con que un solo hombre hubiera dado una muestra de fuerza contra los muros de la ciudad para que la gloria de Dios hubiera sido menoscabada y su voluntad se frustrara. Pero se dejó que el Todopoderoso se hiciera cargo de toda la obra. Aunque los cimientos de los edificios hubieran alcanzado hasta el centro de la tierra y sus tejados la bóveda del cielo, el resultado habría sido el mismo, porque el Capitán de las huestes del Señor dirigió el ataque de los ángeles (Testimonios para la Iglesia, t. 4, pp. 159-162).

Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
4to. Trimestre 2025 «LECCIONES DE JOSÚE ACERCA DE LA FE»
Lección 6: «EL ENEMIGO INTERNO»
Colaboradores: Xiomara  Moncada y Karla González

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