Dios vio que los hijos de Israel, especialmente la multitud mixta, estaban continuamente dispuestos a rebelarse y, con sus obras, provocarlo para que los destruyera. Sabía que murmurarían contra Moisés cuando estuvieran en dificultades, y que lo contristarían con su continua rebelión. Propuso a Moisés consumirlos y hacer de él una gran nación. En esto el Señor probó a Moisés. Sabía que conducir a aquel pueblo rebelde hasta la tierra prometida sería un trabajo laborioso y que pondría a prueba su alma. Quería poner a prueba la perseverancia, la fidelidad y el amor de Moisés hacia un pueblo tan descarriado e ingrato. Pero Moisés no consintió en que Israel fuera destruido. Demostró por sus intercesiones ante Dios que valoraba más la prosperidad del pueblo elegido de Dios que un gran nombre, o ser llamado padre de una nación más grande que Israel.
“Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte? ¿Por qué han de hablar los egipcios, diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la tierra? Vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu pueblo. Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel tus siervos, a los cuales has jurado por ti mismo, y les has dicho: Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado, y la tomarán por heredad para siempre”.
La idea de que las naciones paganas, y especialmente los egipcios, triunfarían sobre Israel y reprocharían a Dios, era abrumadora para Moisés. No podía abandonar a Israel, a pesar de toda su rebelión y de sus repetidas murmuraciones contra él. ¿Cómo iba a renunciar a un pueblo por el que tanto se había hecho y que de una manera tan maravillosa había sido liberado de Egipto? La noticia de su liberación se había difundido entre todas las naciones, y todos los pueblos estaban atentos para ver lo que Dios haría por ellos. Y Moisés recordaba bien las palabras de los egipcios, que los conducía al desierto para que perecieran, y él quedarse con sus posesiones. Y ahora, si Dios destruyera a su pueblo, y lo exaltara para ser una nación más grande que Israel, ¿no triunfarían los paganos, y se burlarían del Dios de los hebreos, y dirían que no era capaz de conducirlos a la tierra que les había prometido? Cuando Moisés intercedió por Israel ante Dios, su timidez se perdió en su profundo amor e interés por aquel pueblo por el que él, en las manos de Dios, había sido el medio de hacer tantas maravillas. Presentó ante Dios la promesa hecha a Abraham, Isaac y Jacob. Oró a Dios con fe firme y propósito decidido. El Señor escuchó sus súplicas y tuvo en cuenta su oración desinteresada, y prometió a Moisés que perdonaría a Israel (Spiritual Gifts, t. 3, pp. 276, 277).
Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
3er. Trimestre 2025 «EL EXODO: VIAJE A LA TIERRA PROMETIDA»
Lección 11: «APOSTASÌA E INTERCESIÒN»
Colaboradores: Xiomara Moncada y Karla González
