Moisés y los profetas
Al final de la parábola, Jesús describió al hombre rico rogándole a Abraham que enviara a Lázaro para advertirles a sus cinco hermanos para que ellos no terminaran en el mismo lugar de tormento que él. Abraham responde: «Ellos ya tienen lo escrito por Moisés y los profetas: ¡que les hagan caso!» (Lucas 16: 29). El hombre rico pensó que eso no sería suficiente y le dijo a Abraham que se arrepentirían si una persona que hubiera muerto les hablara. Abraham insistió: «Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán aunque algún muerto resucite» (Lucas 16: 31). La frase «Moisés y los profetas» se refere a las Escrituras. La respuesta del personaje de Abraham en esta parábola deja claro que ni los milagros más asombrosos convencerán a las personas que niegan el testimonio de las Escrituras.
Este relato ilustra cómo los líderes religiosos rechazaron el ministerio de Jesús. El hombre rico representa a la nación de Israel. Dios los había bendecido ricamente con verdades para que compartieran con las naciones cercanas, pero, como el rico de la parábola, se habían negado a compartir con el menesteroso. Israel, en general, no había alcanzado a las naciones que los rodeaban con las increíbles revelaciones de las Escrituras, que se les habían confiado. Israel estaba rodeada de menesterosos: personas que necesitaban la luz.
Los judíos creían que eran mejores que las demás naciones porque ellos descendían de Abraham. Juan el bautista advirtió a los líderes religiosos sobre su falso sentido de privilegio: «No presuman diciéndose a sí mismos: “Nosotros somos descendientes de Abraham”; porque les aseguro que incluso a estas piedras Dios puede convertirlas en descendientes de Abraham» (Mateo 3: 9). Jesús también dijo: «Si ustedes fueran de veras hijos de Abraham, harían lo que él hizo. Sin embargo, aunque les he dicho la verdad que Dios me ha enseñado, ustedes quieren matarme. ¡Abraham nunca hizo nada así!» (Juan 8: 39, 40). Con razón Jesús mencionó a propósito a Abraham en la parábola, y presentó al hombre rico lejos de aquel a quien admiraba. Abraham fue rico, pero tenía compasión por los pobres. Su vida de fe fue un ejemplo que Israel no siguió.
En la parábola, Abraham señaló dos veces que los hermanos del hombre rico tenían a Moisés y a los profetas. En otra ocasión, Jesús insistió sobre el mismo asunto: «Porque si ustedes le creyeran a Moisés, también me creerían a mí, porque Moisés escribió acerca de mí. Pero si no creen lo que él escribió, ¿cómo van a creer lo que yo les digo?» (Juan 5: 46, 47). Los judíos no reconocieron a Jesús como el Mesías prometido en las Escrituras. Las palabras finales de la parábola relatan que Abraham le dijo al hombre rico que, si sus hermanos no obedecían a Moisés y a los profetas, tampoco serían convencidos si alguien se levantara de entre los muertos.
Uno de los actos más sobresalientes del ministerio de Cristo fue resucitar a un hombre llamado Lázaro, pero ni siquiera eso convenció a quienes estaban decididos a matar a Jesús. Luego de la crucifixión de Jesús aquel viernes, se levantó de la tumba el domingo de mañana. Lamentablemente, ni siquiera este gran milagro produjo en ellos arrepentimiento. Ya habían ignorado las claras profecías del Antiguo Testamento, que señalaban a Jesús. Una vez que su incredulidad quedó afianzada, ningún milagro, ni siquiera una resurrección, podía hacerlos cambiar de opinión.
Medita nuevamente en el pasaje principal y busca a Jesús en él.
¿Cuál es el peligro de depender de milagros?
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Colaboradores: Joaquín Maldonado y Adriana Jiménez
