Luego de que Abraham devuelve el diezmo de los bienes, el rey de Sodoma solicita que la gente pueda volver, pero que Abraham conserve todos los bienes. Esto iba de la mano con las costumbres. Pero Abraham, sabiendo que Dios considera cualquier intento de aprovecharse de las desgracias ajenas un robo, le devuelve todo al rey de Sodoma, incluyendo los bienes.
Además de recibir la seguridad divina de protección y de una gran recompensa, se le prometió a Abraham un hijo ¡y que sus descendientes poseerían esa tierra!
Cuando Abraham tenía noventa y nueve años (Gén. 17), y todavía no había tenido hijos con Sara, Dios reafirmó su pacto con él y le explicó que la tierra se le daría como posesión eterna, con la condición de que sus descendientes también guardaran el pacto (vers. 9). Cuando, luego de heredar las propiedades de Dios de sus padres piadosos, los hijos se alejan de la fe, básicamente se llevan las propiedades de Dios con ellos al terreno de Satanás, y usarán los recursos para fortalecer la causa del enemigo. Desde Adán, el rechazo del pacto (apostasía) siempre implicó la pérdida de las posesiones del pacto de Dios.
Cuando Abraham y Sara finalmente recibieron a Isaac, su gozo era tan grande y sus emociones tan fuertes, que corrían el riesgo de idolatrar al niño. El regalo no debía ser más importante que el Dador. Por tanto, Dios pide a Abraham que ofrezca a Isaac en sacrificio; y especificó dónde debía ofrecerse. Era en el mismo lugar donde más adelante Dios establecería su Templo y su tesorería: el lugar correcto donde entregar diezmos y ofrendas.
Ahora, Abraham tiembla al darse cuenta de que Dios siempre requeriría una lealtad total. Parafraseando al teólogo y médico misionero Albert Schweitzer: Abraham sabía que, si hay algo que no puedes entregar a Dios, no te pertenece, sino que te posee, y finalmente te destruye.
Así, Abraham obedece y emprende el rumbo caminando junto a su ofrenda. Cuando levantó su brazo para matar a ese precioso don que era su hijo amado, ¡una voz del cielo lo detuvo! «Ya sé que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste a tu hijo, tu único hijo» (Gén. 22: 12). Esta prueba extrema indica que solo quienes no rehúsen nada a Dios serán reconocidos como ciudadanos de su reino.
Abraham levantó los ojos, vio un carnero y lo ofreció en lugar de Isaac; llamó a ese lugar «Jehová proveerá». En cierto sentido, Dios siempre provee nuestras ofrendas, porque no le podemos ofrecer nada a menos que él nos lo haya provisto de antemano. Pero de una manera profética, este nombre (Jehová proveerá) señala a una Ofrenda que sería presentada tiempo después en ese mismo lugar. Un Hijo, provisto por Dios: Jesucristo. Él moriría como ofrenda por toda la humanidad. Solamente la muerte del Hijo de Dios nos da acceso al arrepentimiento, el perdón, la redención ¡y todas las demás bendiciones que necesitamos!
Reflexiona nuevamente en Hebreos 11: 8 al 19.
¿Dónde ves a Jesús en este pasaje?
¿En qué sentido puedes ver a Jesús en forma diferente, o identificar algún rasgo nuevo de él?
¿Qué o quién te posee? Responde con honestidad. Si es Dios, ¿cómo lo sabes? Si no, ¿de qué forma eso es destructivo para ti?
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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2023.
1er. trimestre 2023 INVERSO
Lección 4 «ABRAHAM: EL DADOR FIEL»
Colaboradores: Pr. Brayan R Cedillo & Magda Sanchez

