Hebreos 13: 7-17 contiene una exhortación a respetar y obedecer a los líderes de la congregación. Comienza con una invitación a «acordarse» de los líderes del pasado que les anunciaron el mensaje de Dios, y termina con un llamado a «obedecer» a los líderes del presente (13: 17). Los líderes del pasado son probablemente los primeros que predicaron la palabra y fundaron la congregación. El llamado a acordarse de ellos no se refiere simplemente a un ejercicio mental de recogimiento ni a un tributo externo que los honre. Pablo explica que deben acordarse de ellos meditando en el resultado de su conducta y siguiendo el ejemplo de su fe.
Para Pablo, la mejor manera de recordar y honrar es la emulación. De esta forma, Pablo añade a los líderes fundadores de la congregación a la lista de héroes fieles a los que los creyentes deben tener presentes. Esta lista incluye a los héroes de la fe de Hebreos 11 y a Jesús, el ejemplo consumado de la fe, en Hebreos 12. El autor señala además que Jesús «es el mismo ayer, hoy y siempre» (13: 8). Él está en marcado contraste con los falsos maestros, que cambian con el tiempo y cuyas enseñanzas terminan siendo «diferentes y extrañas» (Heb. 13: 9).
El llamado a recordar a los líderes en Hebreos 13: 7 se repite en términos más categóricos al final de esta sección. Se exhorta a los creyentes a obedecer a los líderes porque se preocupan sin descanso por ellos. Describe a los líderes como pastores que están a cargo del bienestar espiritual de la congregación, que es su rebaño, y que rendirán cuentas a Dios por su estado espiritual (ver también 1 Ped. 5: 1-4; 1 Cor. 3: 10-15). Esto, por supuesto, también es válido para todos los dirigentes de nuestra iglesia, así como en todos los niveles de la denominación.
El contexto también sugiere que estos líderes son pastores que sirven bajo el liderazgo de Jesús, «el gran Pastor de las ovejas» (Heb. 13: 20). Esta armonía entre el cuidado y la fidelidad de los líderes y la obediencia y la confianza de los miembros genera alegría. Esto puede significar que los líderes servirán a la congregación con alegría, o que rendirán cuentas a Dios de la congregación a su cargo con alegría y no con dolor. Pablo continúa describiendo la relación entre las enseñanzas extrañas y los alimentos, que se menciona en Hebreos 13: 9, la cual probablemente no tiene nada que ver con la distinción entre alimentos limpios e inmundos. ¿Por qué?
Primero, Pablo no parece preocuparse en ninguna parte de la Epístola por la distinción entre alimentos limpios e inmundos. Sabemos por Hechos 15 que la iglesia cristiana primitiva predicaba tanto que los creyentes son salvos por gracia (Hech. 15: 7-11) como que debían seguir observando algunas regulaciones alimentarias (Hech. 15: 19-20). La distinción entre alimentos limpios e inmundos y otras regulaciones bíblicas no se oponen a la gracia. De hecho, Pablo afirma que el nuevo pacto escribe la ley en el corazón (Heb. 8: 10-12). Sin embargo, lo que el autor sí deja muy claro es que los sacrificios de animales y la mediación sacerdotal levítica en el santuario han sido reemplazados por el sacrificio superior de Cristo y su mediación sacerdotal (Heb. 8: 4-5; 10: 1-18).
En segundo lugar, el contexto sugiere que Pablo no está criticando a sus lectores por abstenerse de ciertos alimentos, sino por participar de ellos con la esperanza de obtener de alguna manera la gracia (Heb. 13: 9). Probablemente está advirtiendo sobre la participación en ciertos rituales judíos o comidas religiosas que se celebraban como una extensión de los sacrificios de animales en el templo y que se suponía que proporcionaban méritos espirituales o gracia. Pero la gracia no se consigue por medio de comidas: la gracia solo viene a través del sacrificio y la mediación sacerdotal de Jesucristo. Los creyentes tienen «un altar» (Heb. 13: 10), la cruz de Cristo, de la cual pueden comer (Juan 6: 47-58).
Según Hebreos, la gracia viene del trono de Dios (4: 16). Esta gracia, mediada por Cristo, es un «ancla», «firme y segura», que está sujeta al trono de Dios mismo (6: 19-20; comparar con 4: 16). Es esta gracia que recibimos a través del sacrificio de Cristo lo que proporciona estabilidad y seguridad a nuestro corazón. Cuando el corazón ha sido «afirmado» de esta manera, no se «deja llevar» por nuevas doctrinas (Heb. 13: 9, RVC), ni se «aparta» de Dios (2: 1).
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