¡Él vive!
Desde la perspectiva de los seguidores de Jesús, la mañana del domingo de la resurrección comenzó con ojos llenos de lágrimas, corazones rotos, soledad y profunda reflexión. María llegó al sepulcro con un único propósito: ungir el cuerpo de Jesús (Mar. 16: 1). No había una logística pensada, no había discursos preparados ni grandes planes. Ella llegó simplemente con el corazón roto, anhelando cuidar de aquel que tanto la había cuidado.
Se trata de la misma María a quien Jesús había liberado de siete demonios (Luc. 8: 2), una mujer que había experimentado una curación milagrosa a través del amor del Salvador. Ella conocía tanto las profundidades del quebrantamiento como las alturas de la redención. Se dice que «las personas heridas hieren, pero las personas amadas aman», y en el caso de María, olas de amor la habían inundado hasta sanar su alma. Su devoción por Jesús era innegable. Ella fue una de las últimas personas en quedarse a los pies de la cruz el viernes y la primera en llegar al sepulcro el domingo.
Para su sorpresa, la tumba se encontraba abierta y vacía. Sintiéndose desolada, confundida y desesperada, María se quedó afuera de la tumba, llorando y llorando (Juan 20: 11). Ya había soportado mucho, y ahora parecía que Jesús se había ido para siempre. Las posibilidades de lo que le podía haber pasado al cuerpo de Jesús la abrumaban.
En su dolor, una voz le habló. Era Jesús, que se había quedado para consolarla. Al principio, en su aflicción, no lo reconoció. No fue hasta que él la llamó por su nombre, «María» (Juan 20: 16), que sus ojos se abrieron. ¡Imagina el significado de ese momento! En el instante en que escuchó su nombre y vio a su Salvador, todo cambió para siempre. Todo su mundo se reestructuró. Su peor pesadilla se convirtió en algo mucho mejor de lo que jamás hubiera podido soñar. Su vida nunca volvería a ser la misma.
Antes de ascender al Padre, antes de mostrarse a sus discípulos, Jesús se detuvo para consolar a esta mujer devastada. Retrasó por un momento la confirmación de su victoria cósmica para atender a un alma herida. Porque la misión de Jesús siempre fueron las personas, se preocupaba intensamente por los individuos como María. Jesús conocía la historia de María, la profundidad de su dolor, y en este tierno encuentro nos muestra que nuestro dolor nunca pasa desapercibido para él (Sal. 34: 18). Su amor no es solo para las masas; es personal.
María había sido rescatada de las profundidades del pecado. Como sabía que necesitaba un Salvador, fue la primera en comprender el significado del sacrificio de Cristo (Mat. 26: 12) y la primera en reconocer su resurrección. Su historia nos recuerda que la gracia siempre nos encuentra donde estamos, pero nunca nos deja allí. Esta verdad se aplica a ti, que lees estas líneas.
Preguntas para considerar:
¿Cuál habría sido tu reacción si hubieras llegado a una tumba vacía?
Basándonos en cómo trató Jesús a María en su sufrimiento, ¿qué lecciones podemos aprender sobre cómo tratar a otros en condiciones similares?
1er trimestre 2026 «APOLOGÉTICA: EL AREÓPAGO»
Lección # 09 «LA RESURRECCIÓN: UNA EVIDENCIA QUE EXIGE UN VEREDICTO»
Colaboradores: Jassiel Taveras de la Rosa y Adriana Jiménez
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