PUEDES imaginarte cómo se sintió el pueblo. Se deben haber sentido desanimados y sin esperanza. Casi puedo oír a los niños preguntar a sus madres:
—¿No vamos a comer leche y miel hoy?
—No, queridos, hoy no —respondieron las madres muy abatidas—, ni tampoco por muchos, muchos días.
Entonces los niños también lloraron.
Algunos de los hombres subieron a la cima de la montaña para contemplar nuevamente la tierra que habían soñado durante tanto tiempo. Desde allí la veían tan cerca, que les daba lástima abandonarla y volver al desierto.
—Aquí estamos —se dijeron unos a otros—, e iremos a la tierra que el Señor nos ha prometido.
Pero era demasiado tarde. Moisés se enteró del plan que tenían y les dijo que no lo intentaran.
—»¿Por qué han vuelto a desobedecer la orden del Señor? —les dijo—. ¡Esto no les va a dar resultado! Si suben, los derrotarán sus enemigos, porque el Señor no está entre ustedes. Tendrán que enfrentarse a los amalecitas y a los cananeos, que los matarán a filo de espada».
Pero fueron igual. y no les resultó bien. Cruzaron la frontera cantando y gritando para darse ánimo. Pero no lograron apoderarse ni siquiera de la primera colina, porque los habitantes del lugar vinieron y los echaron.
Cuando esos hombres volvieron al campamento aquella noche, estaban muy tristes, porque sabían que era inútil tratar de entrar en Canaán. Su última esperanza se había esfumado.
Pronto, casi todo el campamento estaba enfurecido contra Moisés. ¿Por qué tenían de escuchar a ese viejo? ¡Lo había arruinado todo! Le había llevado 15 meses para un viaje que debería haber finalizado en dos semanas. Y ahora que habían llegado finalmente a los límites de Canaán, quería que volvieran al espantoso desierto durante otros 38 años. ¡Qué absurdo! No lo harían. ¿Acaso estaban obligados? Además, ¿quién era Moisés?
La gran rebelión había comenzado.
El líder era Coré, un primo de Moisés, de más o menos la misma edad. Hasta puede haberse parecido a Moisés, porque ambos tenían el mismo abuelo: Coat, hijo de Leví. Quizá esa haya sido una razón por la que tantos otros estuvieron dispuestos a seguirlo. El hecho es que sublevó a no menos de «doscientos cincuenta israelitas. Todos ellos eran personas de renombre y líderes que la comunidad misma había escogido», y juntos marcharon contra Moisés y Aarón.
—»¡Ustedes han ido ya demasiado lejos! Si toda la comunidad es santa, lo mismo que sus miembros, ¿por qué se creen ustedes los dueños de la comunidad del Señor?»
—»¡Son ustedes, hijos de Leví, los que han ido demasiado lejos!» —respondió Moisés, empleando sus mismas palabras.
Entonces, les dijo que estaba dispuesto a permitir que el Señor decidiera quién había de ser el líder.
—»Tomarán incensarios, y les pondrán fuego e incienso en la presencia del Señor. El escogido del Señor será aquel a quien él elija».
Entonces, envió mensajeros que fueran a buscar a los otros dos conspiradores, Datán y Abirán, miembros de la tribu de Rubén. Pero ellos no quisieron ir. En cambio, enviaron este atrevido mensaje:
—»iNo iremos! ¿Te parece poco habernos sacado de la tierra donde abundan la leche y la miel, para que ahora quieras matarnos en este desierto? Lo cierto es que tú no has logrado llevarnos todavía a esa tierra donde abundan la leche y la miel, ni nos has dado posesión de campos y viñas. Lo único que quieres es seguir engatusando a este pueblo. ¡Pues no iremos!»
Hasta ahora, nadie le había hablado a Moisés de esa manera, y él estaba muy enojado. ¡Pensar que hablaban de Egipto como de una tierra que fluía leche y miel! ¡Egipto, la tierra de su esclavitud! ¡Y pensar que daban a entender que él quería ser un dictador que les sacaría los ojos a los que no concordaran con él! En su dolor clamó al Señor:
—»Yo de ellos no he tomado ni siquiera un asno, ni les he hecho ningún daño».
Había llegado el momento de la prueba. Todo el plan de salvación divino estaba en peligro. Si los rebeldes ganaban, todo lo que el Señor había procurado hacer por Israel estaría perdido.
Esa noche, todo el campamento era un hervidero de inquietud por los rumores que corrían. En centenares de tiendas se pronunciaban palabras de amargura y enojo. Los amigos de Corán, Datán y Abirán iban de aquí para allá urgiendo a todos a reunirse a la mañana en el tabernáculo para presenciar el fin de Moisés y de su tiranía.
Temprano, a la mañana siguiente, mientras el pueblo se dirigía al tabernáculo, Dios les dijo a Moisés y a Aarón:
—Apártense de esta gente, para que yo la consuma de una vez por todas».
Pero ellos, postrándose sobre el rostro, dijeron:
—»Señor, Dios de toda la humanidad: un solo hombre ha pecado, ¿y vas tú a enojarte con todos ellos?»
En ese momento de crisis, estos dos amados ancianos oraron por el mismo pueblo que estaba complotando contra ellos. Entonces Moisés cruzó por entre la multitud que se estaba congregando y se dirigió a la tienda donde estaban reunidos Coré, Datán y Abirán.
—»¡Aléjense de las tiendas de estos impíos! —pidió a la enardecida multitud de espectadores—. No toquen ninguna de sus pertenencias, para que ustedes no sean castigados por los pecados de ellos».
Cuando volvió a hablar, reinaba un profundo silencio.
—»Ahora van a saber si el Señor me ha enviado a hacer todas estas cosas —dijo—, o si estoy actuando por mi cuenta. Si estos hombres mueren de muerte natural, como es el destino de todos los hombres, eso querrá decir que el Señor no me ha enviado. Pero si el Señor crea algo nuevo, y hace que la tierra se abra y se los trague… de tal forma que desciendan vivos al sepulcro, entonces sabrán que estos hombres menospreciaron al Señor».
—¡Ahora sí que ha ido demasiado lejos! —dijeron algunos—. ¿Se cree capaz de hacer que la tierra se abra para tragar a sus enemigos?
No habían terminado de decirlo cuando se produjo un estruendo espantoso y la tierra se abrió… justo donde se hallaban Coré, Datán y Abirán. Repentinamente, los tres «bajaron vivos al sepulcro, junto con todo lo que tenían, y la tierra se cerró sobre ellos».
Al oír sus gritos de terror, todos huyeron presa del pánico, mientras las llamas asolaban el lugar donde estaban los 250 hombres con los incensarios encendidos, y todos ellos murieron quemados. Podrías pensar que esto fue suficiente para que todo el mundo se convenciera de quién estaba en lo cierto y quién no, pero no ocurrió así.
—Ustedes mataron al pueblo del Señor —gritaron los amigos de los rebeldes.
Pero no habían terminado de decirlo, cuando la gente comenzó a caer muerta a diestra y siniestra. Al ver eso, aun Moisés se sorprendió.
—»La ira del Señor se ha desbordado —le dijo a Aarón— y el azote divino ha caído sobre ellos».
Temeroso de que el Señor consumiera por fin a todo el pueblo, le hizo un urgente pedido a su hermano:
—»Toma tu incensario y pon en él algunas brasas del altar; agrégale incienso, y vete corriendo adonde está la congregación, para hacer propiciación por ellos».
Y Aarón lo hizo. Llevando en su mano el incensario humeante, «corrió a ponerse en medio de la asamblea».
¡Imagínate la escena! ¡El bondadoso anciano, de 85, corriendo de un lado a otro, agitando su incensario y clamando a Dios que perdonara al pueblo que había cometido una falta tan grande!
¡Qué amor más maravilloso! La Biblia dice que Aarón «se puso entre los vivos y los muertos, y así detuvo la mortandad».
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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
