También le nacieron hijos a Sem, padre de todos los hijos de Heber, y hermano mayor de Jafet. 22 Los hijos de Sem fueron Elam, Asur, Arfaxad, Lud y Aram..» Genesis 10:21
FUE unos cien años después del diluvio que Dios dispersó al pueblo que estaba construyendo la torre de Babel. Sabemos esto porque nació un bebé justo entonces y recibió el nombre de Peleg, que significa «división», «porque en su tiempo se dividió la tierra». Es fácil contar hacia atrás, hasta Arfaxad, el niño que tuvo Sem dos años después del diluvio, y así descubrir la fecha.
Y ahora, la gente se alejaba de Babel. Algunos no fueron muy lejos. Un grupo, dirigido por Asur, nieto de Noé, viajó hacia el Norte unos 400 kilómétros y fándó la ciudad de Nínive. Otro grupo se mudó al Sur y construyó un pueblo llamado Ur. Aun otros marcharon hacia el Oeste a Europa, y muchos viajaron al Este a la India, China, Siberia y quizá cruzaron el Estrecho de Bering hacia Norteamérica.
Pronto surgieron aldeas, pueblos y ciudades por todas partes. Montaron industrias, porque la gente necesitaba herramientas para construir, cultivar y cocinar. Alguien descubrió el hierro y comenzó la industria del acero. Otro descubrió el cobre y cómo fundirlo. Otros encontraron oro, plata y piedras preciosas enterradas por el diluvio; y pronto los orfebres y los plateros comenzaron a hacer hermosos ornamentos, y algunos de ellos todavía pueden verse en los museos actuales. Los constructores de barcos comenzaron a hacer pequeñas embarcaciones para navegar por el Éufrates, luego navíos más grandes para hacerse a la mar rumbo a los mares desconocidos más allá del Golfo Pérsico.
Desgraciadamente, a medida que la gente estaba cada vez más ocupada, comenzó a olvidarse de Dios, al igual que sus padres antes del diluvio. Algunos incluso se hicieron ídolos y los adoraban. Es difícil de entender, porque Noé y sus hijos todavía vivían. Noé vivió 350 años después del diluvio y Sem, 500. Y uno pensaría que la influencia de estos hombres que sabían lo que Dios había hecho en años pasados haría que los demás se mantuviesen leales y fieles. Pero no fue así.
Indudablemente, estos ancianos continuaron relatando cómo Dios había destruido el mundo a causa del pecado, y cómo los había salvado en el arca, pero poco a poco, para muchos, pasó a ser una mera leyenda. Nadie quería escuchar.
Con el paso de los años, aumentó la maldad, porque cuando la gente se olvida de Dios, comienza a pecar.
Trescientos años después del diluvio, las condiciones eran casi tan malas como antes.
Al contemplar la escena, Dios debe haberse apenado muchísimo. Quizá se preguntó si no hubiera sido mejor que jamás se hubiese construido el arca y que todos hayan perecido en el diluvio. Pero, por supuesto, él no podría haber permitido que eso sucediera, porque ¿no les había prometido a Adán y Eva en el jardín del Edén que un día restauraría todo lo que habían perdido cuando le desobedecieron? ¿No había dicho que la Simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente? Uno de los hijos de la mujer, algún día, tenía que vencer a Satanás.
Solo había una cosa que podía hacer. Antes que el mundo se volviera totalmente impío otra vez, debía encontrar a alguien por medio del que pudiera mantener vivo el conocimiento de su verdad y de su propósito. Alguien que lo amara y le fuese siempre fiel. Alguien que se pusiera de parte de la justicia, de la verdad y de la bondad en un mundo impío. Alguien que criara a sus hijos correctamente y se asegurará de que ellos también guardaran su ley.
¿Podría encontrar una persona así? ¿Dónde? ¿En Nínive, quizá, o en Babilonia?, porque ambas ciudades eran bastante grandes para ese entonces. ¿Dónde habría un niño entre toda esa gente en el que Dios pudiera confiar para llevar a cabo su plan?
Finalmente, sus ojos que todo lo ven se fijaron en esa lejana ciudad de Ur, conocida posteriormente como Ur de los caldeos. Aquí vivía un hombre llamado Téraj, que tenía tres hijos: Abram, Najor y Jarán. El menor de ellos —más adelante conocido como Abraham— era un buen muchacho y amaba al Señor. Alguien, quizá su madre, le había contado la historia de la creación y del maravilloso amor de Dios por Adán y Eva en el principio, y todo el gozo y la gloria que habían disfrutado mientras caminaban y se comunicaban con él. Había aprendido que el pecado había arruinado todo y que Dios, mediante Noé, su tatara, tatara, tatara, tatara, tatara, tatara, tatara, tarara abuelo, había tratado en vano de salvarlos.
Al escuchar repetidas veces la antigua historia, Abraham había llegado a amar a Dios y a decidir que le serviría toda la vida.
No fue fácil para él llegar a esta decisión, porque la mayoría de la gente de Ur —incluyendo a su propio padre— ya adoraban ídolos. Había ídolos incluso en su propia casa. De modo que Abraham tuvo que tomar la decisión solo. Y Dios lo amó por eso.
Porque Dios lo estaba observando, así como observa a cada niño y niña en la actualidad. Y cuando Abraham tomó esa importante decisión, puedo imaginarme a Dios diciendo: «Este es el muchacho que he estado buscando. Un muchacho que no me falle. Un muchacho a quien pueda contarle mis secretos y a quien pueda confiarle el futuro de mi plan de redención para el mundo»
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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Noel Ramos & Miguel Miguel
