Los que obedecieron la orden del Señor reunieron su ganado en establos y casas, al paso que los que tenían endurecido el corazón, como Faraón, dejaron su ganado en el campo. Aquí hubo una oportunidad para poner a prueba el orgullo exacerbado de los egipcios y para mostrar cuántos había cuyo corazón realmente estuvo afectado por el maravilloso proceder de Dios con su pueblo, a quien ellos habían despreciado y tratado cruelmente. “Hubo, pues, granizo, y fuego mezclado con el granizo, tan grande, cual nunca hubo en toda la tierra de Egipto desde que fue habitada. Y aquel granizo hirió en toda la tierra de Egipto todo lo que estaba en el campo, así hombres como bestias; asimismo destrozó el granizo toda la hierba del campo, y desgajó todos los árboles del país. Solamente en la tierra de Gosén, donde estaban los hijos de Israel, no hubo granizo. Entonces Faraón envió a llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo: He pecado esta vez; Jehová es justo, y yo y mi pueblo impíos. Orad a Jehová para que cesen los truenos de Dios y el granizo, y yo os dejaré ir, y no os detendréis más. Y le respondió Moisés: Tan pronto salga yo de la ciudad, entenderé mis manos a Jehová, y los truenos cesarán, y no habrá más granizo; para que sepas que de Jehová es la tierra. Pero yo sé que ni tú ni tus siervos temeréis todavía la presencia de Jehová Dios. El lino, pues, y la cebada fueron destrozados, porque la cebada estaba ya espigada, y el lino en caña. Mas el trigo y el centeno no fueron destrozados, porque eran tardíos”
Después de que la plaga fue detenida, el rey rehusó dejar salir a Israel. La rebelión engendra rebelión. El rey se había endurecido de tal manera con su continua oposición a la voluntad de Dios, que todo su ser se alzó en rebeldía ante la tremenda exhibición del poder divino (Spiritual Gifts, t. 3, pp. 214, 215; parcialmente en Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 1, pp. 1114, 1115).
Por último, el temor arrancó a Faraón una concesión mas. Al fin del tercer día de tinieblas, llamó a Moisés, y le dio su consentimiento para que saliera el pueblo, con tal de que los rebaños y las manadas permanecieran. “No quedará ni una uña contestó el decidido hebreo; porque. .. no sabemos con qué hemos de servir a Jehová, hasta que lleguemos allá”. La ira del rey estalló desenfrenadamente y gritó: “Retírate de mí: guárdate que no veas más mi rostro, porque en cualquier día que vieres mi rostro, morirás”. La contestación fue: “Bien has dicho; no veré más tu rostro”.
“Moisés era muy gran varón en la tierra de Egipto, a los ojos de los siervos de Faraón, y a los ojos del pueblo”. Moisés era considerado como persona venerable por los egipcios. El rey no se atrevió a hacerle daño, pues la gente le consideraba como el único ser capaz de quitar las plagas. Deseaban que se permitiese a los israelitas salir de Egipto. Fueron el rey y los sacerdotes los que se opusieron hasta el último momento a las demandas de Moisés (Historia de los patriarcas y profetas, p. 278).
Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2025.
3er. Trimestre 2025 «EL EXODO: VIAJE A LA TIERRA PROMETIDA»
Lección 4: «LAS PLAGAS»
Colaboradores: Xiomara Moncada y Karla González
