<<«¡Mujer, qué grande es tu fe!» contestó Jesús. «Que se cumpla lo que quieres». Y desde ese mismo momento quedó sana su hija»
Mateo 15:28.
Llegando a la región de Fenicia, una mujer cananea abordó a Jesús implorando misericordia por su hija endemoniada.
El pueblo de aquella región era idólatra, despreciado y odiado por los judíos. Pertenecían a la antigua raza cananea.
Pobre madre. Su hija dócil estaba irreconocible, con los trazos del rostro distorsionados, mirada diabólica y aterrorizante, y voz ronca y repulsiva.
¿Qué había pasado? ¿Había fallado como madre? ¿Cómo podría aplacar la ira de los dioses para libertar a su hija? Ya había buscado en vano a aquellos dioses. Fue entonces cuando escuchó hablar del profeta que curaba. Y, cuando renació la esperanza, lo buscó.
Jesús, en tanto, parecía ignorarla. Aparentemente, actuaba como lo hubieran hecho los propios judíos. Su intención era impresionar a los discípulos acerca de la frialdad e insensibilidad con la que los judíos tratarían el caso y con respecto al modo compasivo como debían tratar a estos afligidos.
La mujer no desistió. Siguió suplicando. Eso molestó tanto a los discípulos que le pidieron a Jesús que la despidiera.
La respuesta de Jesús parecía no tener nada que ver con el pedido de ellos: «No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mateo 15: 24). Jesús parecía reforzar el preconcepto judío contra ella, pero, en verdad, quería decir que había venido a salvar a todos los seres humanos.
La mujer pagana insistió, y Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros» (v. 26). ¿Acaso no parecía estar insultando a la mujer con estas palabras tan duras? Cualquier suplicante menos fervoroso se hubiera desanimado, pero la mujer vio allí su oportunidad. Bajo la aparente negativa de Cristo, vio en él compasión y le dijo: «Sí, Señor, pero aun los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos» (v. 27).
Jesús acababa de ser rechazado por los suyos. Ahora, una criatura considerada inferior, no favorecida con la luz de la Palabra de Dios, con una fe que implora migajas, que no le importa ser considerada un perro, lo reconoce como el Redentor, capaz de proveerle lo que ella necesitaba. ¡Jesús quedó satisfecho! Y la hija de la mujer fue libertada.
La misión de Jesús sigue siendo socorrer a los afligidos rechazados. ¿Hay algo que te aflige? ¡Ten la fe insistente y humilde que tuvo esta mujer y recibe la respuesta del Señor a tu problema!
Lecturas Devocionales para Damas 2026
“SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Silvia García F.
