¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!»
1 Reyes 18:39.
Por causa de la impiedad y de la idolatría de Acab y Jezabel, le sobrevinieron tres años de sequía al reino de Israel. En el Carmelo, que antiguamente había sido un lugar muy bonito, con arroyos que se alimentaban de las fuentes perennes de fértiles acantilados, solo había bosques sin hojas, donde estaban los altares a Baal y Astarot. En el punto más alto podían verse las ruinas del altar de Jehová. Fue ese lugar, en el que se había deshonrado a Dios, el que eligió Elías para que se manifestara el poder divino.
En la mañana acordada, el pueblo se aglomeró prestando gran atención. Los sacerdotes de Baal estaban allí. Acab, con toda su pompa, se puso delante de ellos y fue saludado por los idólatras con un grito de aclamación.
Rodeado por las tribus israelitas, delante del rey y de los falsos profetas, estaba Elías. Ansioso, el pueblo esperaba. Mirando hacia el altar destruido de Jehová y hacia la multitud, Elías exclamó con potente voz: «¿Hasta cuándo van a seguir indecisos?» (1 Reyes 18: 21). El pueblo no respondió. Entonces, el profeta ordenó: <<Tráigannos dos novillos. Que escojan ellos uno, lo descuarticen y pongan los pedazos sobre la leña, pero sin prenderle fuego. Yo prepararé el otro novillo, pero tampoco le prenderé fuego. Entonces invocarán ellos el nombre de su dios y yo invocaré el nombre del Señor. El que responda con fuego, ese es el Dios verdadero» (.vers. 23-24); Atemorizados, los falsos sacerdotes prepararon el altar y gritaron sus fórmulas de encantamiento invocando a Baal. Dieron saltos, se contorsionaron, gritaron histéricamente, se arrancaron los cabellos y se hicieron cortes en el cuerpo. Pero Baal no respondió.
A la tarde, los frustrados falsos profetas estaban cansados, abatidos y confusos. Desesperados, se rindieron. ¡Imagina la escena! En seguida, Elías reparó el altar en ruinas. Cavó una zanja alrededor, colocó leña, preparó el buey sobre él y ordenó al pueblo que llenara de agua el altar, el sacrificio y la zanja. Se postró en reverencia ante Dios y oró con sencillez y fervor pidiéndole que mostrara su superioridad sobre Baal para que Israel se volviera a él. Hubo silencio. Los sacerdotes de Baal temblaron.
Entonces, cayó fuego del cielo sobre el altar, quemando el sacrificio, la leña, las piedras y el polvo, y hasta lamiendo el agua de la zanja. Desde los valles de más abajo, muchos observaban el espectáculo. El pueblo finalmente se postró ante el Dios invisible, exclamando: <<¡Jehová es Dios! ¡Jehová es Dios!».
Cuando deshonramos a Dios priorizando nuestros «ídolos» del diario vivir por sobre él, Dios permite que atravesemos una sequía espiritual para que percibamos cuán distantes estamos de él. Por eso, volvamos al Carmelo y busquemos al Señor mientras hay tiempo.
Reconozcamos cada día que el Señor es Dios.
Lecturas Devocionales para Damas 2026
“SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Silvia García F.
