«Cruel es la furia y arrolladora la ira, pero ¿quién puede enfrentarse a los celos?»
Proverbios 27:4.
Cuando Moisés recibió consejo de Jetro, su suegro, mientras iban de camino al Sinaí, sus hermanos, Aarón y María, temieron perder su influencia sobre él. Posteriormente, cuando Moisés designó a setenta ancianos, María y Aarón sintieron celos, pues no habían sido consultados antes de tomar tal decisión. Los dos hermanos ignoraban cuán pesadas eran las responsabilidades que cargaba Moisés sobre sus hombros. Por el hecho de que habían sido elegidos como sus ayudantes, se consideraban con el derecho a la misma posición de autoridad que él.
Consciente de su propia debilidad, Moisés había hecho de Dios su consejero, mientras que, por su parte, Aarón confiaba más en sí mismo y menos en Dios. Ya había fracasado estrepitosamente al haber condescendido con el culto idólatra en el Sinaí, pero ahora, ciego de envidia al igual que su hermana, perdieron de vista la realidad de las cosas.
Cediendo al descontento, María se quejó. Comenzó a tratar a Séfora, su cuñada, con un desprecio mal disfrazado. No había aceptado el casamiento de Moisés porque Séfora era de otra nación, lo que suponía a sus ojos una ofensa a su familia y a su orgullo nacionalista. Sin embargo, aun cuando no era hebrea y tenía la piel oscura, Séfora era madianita, por tanto, descendiente de Abraham. Y, además, adoraba a Dios. Era tímida e introvertida, afectuosa y sensible ante el sufrimiento. Cuando se había dado cuenta de la pesada carga que llevaba su esposo, se lo había contado a su padre, quien había sugerido las medidas que pudieran aliviar las cargas del gran líder de Israel.
Una vez más, Aarón perdió la oportunidad de hacer lo correcto. Compartió los celos y la envidia de su hermana María y se unió a ella en sus acusaciones y quejas contra Moisés. Este soportó mansamente las acusaciones, a pesar de que Dios mismo lo había elegido para que guiara a su pueblo. María Aarón, porque habían murmurado, fueron hallados culpables de deslealtad a Moisés y a Dios. En señal de la desaprobación divina, María quedó leprosa. Humillado, Aarón confesó su pecado, rogó por su hermana y esta fue Sanada.
La envidia es uno de los más diabólicos defectos del corazón humano. Fue la envidia la causa de la discordia en el cielo. Caer en ella tiene efectos letales. Por eso, sé cuidadosa al hablar de los demás o al juzgar a alguien.
El castigo de María debe ser una advertencia para los que, movidos por la envidia, hablan mal de aquellos que han sido llamados por Dios para liderar su obra.
Lecturas Devocionales para Damas 2026
“SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Silvia García F.
