“Si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial os perdonará también a vosotros”. Mateo 6:14
Hacía más de un año que Noemí se hacía tratar por el Dr. William Wilson. Víctima de abuso en su niñez, luchaba ahora —en la plenitud de su adultez— contra su propia ira incontrolable. Sus arrebatos eran tan violentos y debilitantes que sus doctores llegaron a recomendarle psicocirugía.
Un día, el Dr. Wilson la oyó por enésima vez referirse a toda la gente con la que estaba enojada. Él ya no sabía qué hacer para tratar la hostilidad tan arraigada de Noemí; pero de pronto, se le ocurrió que si ella lograba encontrar la manera de perdonar a quienes la habían perjudicado, tal vez podría sanar. Dándose cuenta de que el poder de perdonar procede sólo de Dios, el facultativo comprendió que Noemí… ¡necesitaba a Dios!
Con todo, aún sugerirlo tenía sus complejidades. Él era un destacado psiquiatra, cuyos certificados y premios atestiguaban de sus méritos profesionales.
¿Podría algo tan simple como el perdón lograr alguna diferencia en este caso?
El Dr. Wilson habló con Noemí acerca de cómo su resentimiento y amargura la estaban aprisionando, y ella comenzó a llorar. Al preguntarle el psiquiatra sobre sus convicciones religiosas, Noemí se mostró ansiosa de conocer a Cristo, pero no sabía cómo aceptarlo. E1 Dr. Wilson le explicó entonces cómo podría recibir el perdón que Jesús ofreciera en la cruz. Tras aceptar el perdón de Cristo, Noemí comenzó a cambiar; y a partir de entonces pudo, con la ayuda del Dr. Wilson, considerar el perdón como parte de su tratamiento para la cura de su enojo crónico. Fue un proceso a conciencia. Noemí tuvo que confrontar cosas dolorosas de su pasado, y perdonar conscientemente, pero al menos ahora tenía medios para sanarse. Tenía el perdón de Cristo. Con el tiempo, Noemí se liberó de la ira que había plagado su vida emocional, y comenzó a disfrutar de relaciones sanas con sus compañeros de trabajo y sus parientes, por primera vez en décadas.
El principio individual más poderoso para la sanidad espiritual es el perdón. Cuando alguien nos hiere profundamente, daña nuestras emociones, destruye nuestra confianza y destroza nuestro sentido de seguridad. El perdón es el bálsamo de Dios para los corazones quebrantados. Cuando Jesús pendía de la cruz, tratado injustamente y crucificado cruelmente, oró así: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34)
El perdón abre las puertas de la mente al amor de Dices, amor con el que podremos responder a quienes nos maltratan. El perdón no es una emoción, si no una elección. ¿Alguien lo ha maltratado o herido profundamente? ¿Le guarda resentimiento? Este es el momento para elegir perdonarle. Si decide no hacerlo, la ira, el resentimiento y la amargura lo dominarán hasta destruirlo por completo. Si Jesús pudo perdonar a quienes lo crucificaron injustamente, usted también puede perdonar a quienes lo han herido.
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