Antes de la aparición del pecado había paz y gozo en todo el universo. Todo guardaba perfecta armonía con la voluntad del Creador. El amor a Dios estaba por encima de todo, y el amor de unos a otros era imparcial. Cristo el Verbo, el Unigénito de Dios, era uno con el Padre Eterno: uno en naturaleza, en carácter y en designios; era el único ser en todo el universo que podía entrar en todos los consejos y designios de Dios. Fue por intermedio de Cristo por quien el Padre efectuó la creación de todos los seres celestiales. “Por él fueron creadas todas las cosas, en los cielos… ora sean tronos, o dominios, o principados, o poderes” (Colosenses 1:16, VM); y todo el cielo rendía homenaje tanto a Cristo como al Padre (El conflicto de los siglos, p. 484).
Para muchos el origen del pecado y el por qué de su existencia es causa de gran perplejidad. Ven la obra del mal con sus terribles resultados de dolor y desolación, y se preguntan cómo puede existir todo eso bajo la soberanía de Aquel cuya sabiduría, poder y amor son infinitos. Es esto un misterio que no pueden explicarse. Y su incertidumbre y sus dudas los dejan ciegos ante las verdades plenamente reveladas en la Palabra de Dios y esenciales para la salvación. Hay quienes. En sus investigaciones acerca de la existencia del pecado, tratan de inquirir lo que Dios nunca reveló; de aquí que no encuentren solución a sus dificultades; y los que son dominados por una disposición a la duda y a la cavilación lo aducen como disculpa para rechazar las palabras de la Santa Escritura (El conflicto de los siglos, p. 483).
El instante en que el hombre acogió bien las tentaciones de Satanás e hizo las mismas cosas que Dios le había dicho que no hiciera, Cristo, el Hijo de Dios, se colocó entre los vivos y los muertos, diciendo: “Caiga el castigo sobre mí. Estaré en el lugar de hombre. Él tendrá otra oportunidad”.
¡Qué amor! ¡Qué admirable condescendencia! ¡El Rey de gloria dispuesto a humillarse descendiendo hasta el nivel de la humanidad caída! Colocaría sus pies en las pisadas de Adán. Tomaría la naturaleza caída del hombre y entraría en combate para contender con el poderoso enemigo que triunfó sobre Adán. Vencería a Satanás, y al hacerlo abriría el camino para la redención de todos los que creyeran en él, salvándolos de la ignominia del fracaso y la caída de Adán (Comentarios de Elena G. de White, en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 1, p. 1099).
Jesús vino al mundo para ilustrar el carácter de Dios en su propia vida, y barrió todas las falsas interpretaciones que Satanás había elaborado, y reveló la gloria de Dios. Solamente al vivir entre los hombres podía revelar la misericordia, la compasión y el amor de su Padre celestial; porque solo mediante actos de bondad podía manifestar la gracia de Dios. La incredulidad de los hombres estaba profundamente arraigada, y no obstante, no podían resistir el testimonio de su ejemplo divino, y de sus hechos llenos de amor y verdad (Hijos e hijas de Dios, p. 141).
Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2024.
1er. Trimestre 2025 «EL AMOR DE DIOS Y SU JUSTICIA»
Lección 9: «EL CONFLICTO CÒSMICO»
Colaboradores: Xiomara Moncada y Karla González
