«La envidia y el egoísmo no forman parte de la sabiduría que proviene de Dios» (Santiago 3:15, NTV).
—Ya no quiero jugar en el equipo —le dijo un día Víctor a su mamá.
—Pero ¿por qué? Tú eres el máximo goleador, ¡y te encanta el fútbol! ¿Es que alguien te trató mal? ¿O es que estás lastimado?
—No es nada de eso. Simplemente no quiero jugar más y ya está.
—Bueno, hijo, pues juega el último partido y hablaré con el entrenador —dijo la mamá.
Ella sintió curiosidad por saber qué sucedía con su hijo, así que fue al siguiente juego, a ver si podía captar qué era lo que había cambiado. ¡¡¡Y claro que lo captó!!! Un niño nuevo, llamado Óscar, salió de titular en la posición que siempre ocupaba Víctor, mientras que este se quedó en el banquillo toda la primera parte. Además, Óscar marcó tres goles en treinta minutos. Mamá entendió: Víctor tenía envidia porque ya no era la estrella del equipo.
Sentir envidia es querer que otro pierda algo que tiene porque tú deseas ese algo. Es un sentimiento feo, que te roba la paz y te llena de tristeza.
El héroe no es envidioso. Por eso, si alguna vez sientes envidia de otro niño, cuéntale a Jesús cómo te sientes y pídele que te ayude a no sentirte así.